Por Francisco Ortiz Pinchetti
Les cuento que hace unos días estuve a punto de sufrir un percance cuando un motociclista a toda velocidad me rebasó por la derecha, entre dos de los carriles de la atestada calzada de Tlalpan. Providencialmente, por puros reflejos, logré dar un volantazo y evitar por centímetros el encontronazo, pero el incidente me dejó frío. Esta vez la libré. Lo grave es que el riesgo es ya constante. Todos los días, a todas horas, ocurren casos similares en esta capital y en otras muchas ciudades de la República, que se convierten en tragedias.
Manejamos, literal, con el Jesús en la boca.
Uno se pregunta si esos motociclistas que pasan como bólidos, serpenteando entre los carriles de tránsito en cualquier avenida –el circuito interior, el periférico, Insurgentes, la calzada Vallejo, la Vía Gustavo Baz, la calzada Zaragoza, la calzada de Guadalupe, la avenida Canal de Miramontes o la propia calzada de Tlalpan–, tiene alguna conciencia de que se están jugando la vida y poniendo en riesgo la seguridad de los automovilistas y peatones. Si habrán oído que según estadísticas del INEGI en el país se registran cada año cerca de 100 mil accidentes en los que están involucradas motocicletas. Que cada día mueren en el país en promedio ocho conductores de motos, como ellos. Cada día. Y que otros 124 sufren lesiones que van desde contusiones severas y fracturas hasta incapacidad permanente, amén de de otro centenar con daños menores.
Tras el susto en la calzada de Tlalpan –que, por supuesto no es el primero de ese tipo, aunque sí el mayor–me puse a buscar información sobre este fenómeno que crece diariamente de manera impresionante. Encontré que las calles de la capital del país y de las principales ciudades mexicanas se han transformado en un territorio donde la irresponsabilidad, la falta de pericia y la impunidad cobran vidas humanas a una escala alarmante. Y cada día es más.
Las cifras delatan una crisis que el Estado ha minimizado sexenio tras sexenio: en México mueren en promedio 235 motociclistas cada mes: una sangría constante que acumula más de dos mil 800 muertes cada año en las carreteras y avenidas del territorio nacional, convirtiendo la movilidad en una auténtica zona de guerra urbana.
Pero la estadística oficial no se limita al recuento frío de los cuerpos inertes sobre el asfalto. Tan sólo en Ciudad de México, el impacto de esta epidemia de imprudencia arroja un saldo desolador de más de 14 mil 600 motociclistas heridos cada año, muchos de ellos con secuelas permanentes, fracturas expuestas o discapacidades de por vida que truncan familias enteras.
Los datos de la tragedia en la capital del país son por demás claros e irrefutables. En un periodo reciente de apenas dos años y ocho meses se registraron 491 conductores de moto fallecidos en accidentes de tránsito. Hoy en día, los usuarios de vehículos de dos ruedas concentran de manera invariable cinco de cada 10 muertes totales por hechos de tránsito en la zona metropolitana. Dicho en otras palabras: la mitad de las personas que pierden la vida en las vialidades de la gran ciudad viajan a bordo de una moto.
Este desastre vial incontenible es el producto directo y previsible de una expansión vehicular explosiva, desordenada, ante la carencia de cualquier política seria de ordenamiento urbano. Con un parque vehicular que ya supera las 800 mil unidades registradas oficialmente en la capital y que rebasa los siete millones y medio de unidades en todo el país, la facilidad comercial para adquirir un vehículo de dos ruedas mediante créditos accesibles, facilidades de pago y los famosos “abonos chiquitos” ha inundado las vialidades de conductores novatos e improvisados, carentes de la menor capacitación técnica, sin noción de educación vial y totalmente inconscientes del peligro real que implica operar un vehículo motorizado y además sin la protección adecuada, muchos de los cuales circulan de noche sin luces, además.
En esta dinámica de vértigo y riesgo participan de forma central los operadores de las aplicaciones de entrega a domicilio y reparto de comida por plataforma digital, como DiDi y Uber, además de un ejército cotidiano de repartidores de farmacias, pizzerías y pequeños comercios locales. Presionados por un sistema económico mercantilista que premia la velocidad, castiga los retrasos y reduce el trabajo digno a una competencia contra el reloj, estos conductores circulan permanentemente a exceso de velocidad, ignoran los semáforos en rojo, se meten entre los carriles en contraflujo, suben a las banquetas y rompen sistemáticamente el reglamento de tránsito con la absoluta complacencia de una autoridad ausente que prefiere voltear hacia otro lado.
No exagero: lo que se vive a diario en el asfalto es una anarquía generalizada que pone en jaque la convivencia civilizada. Lejos de ocupar el espacio que les corresponde dentro del carril de circulación vehicular, como debieran, los motociclistas serpentean de manera constante y temeraria entre los automóviles en marcha, rebasan por la derecha, ignoran las señales restrictivas y aceleran sin prudencia alguna. Esta conducta cotidiana expone a los automovilistas particulares a una situación constante de tensión y riesgo, enfrentando la posibilidad latente de verse involucrados en un homicidio culposo o en un percance grave cuando un motociclista se cruza de improviso. Lo más injusto y grave es que, a pesar de circular estrictamente conforme a las normas viales, el conductor del automóvil suele cargar con las peores consecuencias legales, la retención injustificada de su unidad, extorsiones ministeriales y severos quebrantos económicos.
El costo social y financiero de esta negligencia institucional recae pesadamente sobre los servicios públicos de salud y las finanzas del Estado. Cerca del 90 por ciento de las motocicletas que circulan por las calles lo hacen en absoluta opacidad y sin contar con ningún tipo de seguro de responsabilidad civil o médico obligatorio. Cuando ocurre el inevitable impacto, son los hospitales públicos y el erario quienes deben absorber los costos millonarios de cirugías complejas, terapias intensivas, insumos médicos y tratamientos prolongados para pacientes con lesiones severas, traumatismos craneoencefálicos o amputaciones que el sistema de salud apenas si logra sostener.
En el mapa de la catástrofe urbana capitalina, las alcaldías Iztapalapa y Gustavo A. Madero concentran el mayor volumen de percances viales y decesos letales, reflejo claro de la marginación urbana, la falta de infraestructura segura y la ausencia absoluta de operativos permanentes de vigilancia vial.
Debe tenerse claro que, ante este panorama de omisión institucional, resulta urgente que las autoridades dejen la pasividad, apliquen con rigor la regulación existente, –la modifiquen si es necesario–, retiren de la circulación a las unidades irregulares, sancionen de manera ejemplar a los infractores y pongan orden en las calles para evitar que esta catástrofe siga creciendo bajo la mirada cómplice del poder público. Válgame.
DE LA LIBRE-TA
HONRAR NUESTRO AMOR. La controvertida primera novela del periodista Francisco Ortiz Pardo (Ed. Magenta, 2026) definida como “un thriller psicológico, político e intimista”, se presentará este viernes 11 de septiembre a las 17 horas, en el Museo Nacional de Culturas Populares, en Hidalgo 289, centro de Coyoacán (a un paso de la plaza). Participan con el autor la periodista Ivonne Melgar, la terapeuta Adriana Sagovia y la escritora Ximena Sánchez, con al actor Rodrigo Murray como moderador. Habrá un vino de honor. Le aseguro que Honrar nuestro amor lo va a sorprender. Lo atrapará desde la primera página.
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