Por Marco Campos Mena
Imagine la escena: una mujer de cuarenta años entra a una tienda departamental buscando un par de jeans y se encuentra, en la pantalla que corona la sección de ropa, a Sadie Sink subiéndose un pantalón de cintura baja mientras la cámara se detiene, sin pudor, en la cadera. No hace tanto, esa misma pantalla mostraba a un hombre con barba y pecho posando en ropa interior femenina como gesto de inclusión, y a cuerpos de todas las tallas presentados como el nuevo canon de belleza. La mujer no necesita que nadie le explique el contraste. Lo ve, lo procesa en dos segundos, y sigue caminando. Ese instante, repetido en miles de tiendas y pantallas esta semana, es ejemplo más claro de lo que está pasando: Calvin Klein giró 180 grados, y lo hizo sin pedir perdón por el trayecto de ida.
El origen de este freno de mano y cambio de dirección viene de American Eagle y su frase sobre los buenos genes, con el guiño de “jeans” incluido, que hace apenas unos meses provocó indignación y después, con el paso de las semanas, imitadores. Las marcas que hasta hace tres años competían por demostrar cuánta diversidad cabía en un anuncio de treinta segundos ahora compiten por demostrar cuánto se parecen a lo que vendían en los ochenta.
Nadie en esas oficinas de mercadotecnia llamará a esto una rectificación ideológica, lo llamarán, con el pragmatismo helado de quien lee reportes trimestrales, una corrección de rumbo basada en datos de consumo. Que la inclusión haya dejado de ser referente y sea considerada como poco o nada rentable para esas corporaciones, habla más de lo que cualquier comunicado de prensa admitirá jamás.
Disney sigue el mismo guion aunque con la elegancia burocrática que solo un imperio de noventa años puede permitirse. La compañía que durante una década presumió su iniciativa “Reimagine Tomorrow” como estandarte moral ahora la retira en silencio, suaviza las advertencias de contenido en sus clásicos animados (la frase que antes reconocía explícitamente estereotipos racistas hoy vuelve a la fórmula genérica de 2019) y retiró una trama transgénero de una serie infantil de Pixar antes de que llegara a estrenarse.
El golpe final llegó con el cambio en la forma de evaluar a sus propios ejecutivos: donde antes se medía el compromiso con la diversidad, ahora se mide algo que la empresa bautizó, sin ironía aparente, como “estrategia de talento”. En otras palabras: los valores se quedan en el membrete, los resultados mandan en la nómina.
La obesidad atraviesa el mismo péndulo aunque con menos ruido mediático. Hace apenas un par de años, cualquier campaña que se atreviera a sugerir que el sobrepeso tiene consecuencias en la salud se exponía al linchamiento bajo la bandera del “body positive”. Hoy, poco a poco, se empieza a nombrar otra vez lo que la medicina nunca dejó de saber: que es un problema de salud pública, no una identidad que celebrar. Que haya tomado tanto tiempo decir esto en voz alta, sin miedo a la cancelación no habla bien del sentido común ni de la valentía colectiva de estos años.
Ahora vayamos a un tribunal en Massachusetts. Ahí, una madre estranguló a sus tres hijos, uno por uno, con una banda elástica de ejercicio, en un episodio que la fiscalía describió como cuidadosamente planeado. El juicio, después de semanas de testimonios, terminó sin veredicto: once jurados votaron por declararla culpable, uno se negó, y el resultado fue un jurado sin resolución. Afuera del tribunal, un grupo de mujeres vestidas de rosa esperaba cada jornada para mostrarle su apoyo, como quien espera a una figura injustamente perseguida y no a la autora confesa de un triple filicidio. Trump, al ser consultado por reporteros, no necesitó adornar la respuesta: dijo que era algo horrible, que ella hizo algo horrible, y que habrá un precio que pagar. Bastó esa frase seca para que el país entero entendiera lo que estaba viendo: una facción dispuesta a convertir en símbolo a cualquier mujer, sin importar el hecho concreto, con tal de que su historia encaje en el relato de la víctima del sistema.
Ese reflejo tiene un costo que rara vez se mide en las encuestas. Hay esposos que han visto a sus propias parejas justificar, con el lenguaje de la empatía de género, el asesinato de tres niños a manos de su madre. Y algo se rompe ahí, algo que ya no se repara jamás. Aprenden, de la forma más dura posible, a reconocer una “red flag” cuando la tienen enfrente, ahora saben que la persona sentada frente a ellos piensa que está bien estrangular sin remordimientos a sus hijos y se vuelve inevitable pensar en “¿cuándo lo hará?” no en si lo hará.
No es casualidad que todo esto ocurra en el mismo momento en que los gobiernos de izquierda pierden terreno en el continente. El progresismo no se derrumba porque haya sido, en su origen, un error. Se derrumba porque llevó su propia lógica (o falta de ella) hasta el punto donde dejó de tener sentido común, y ese punto supera todo lo tolerable en cualquier sociedad que todavía distinga entre principios y excesos.
Piense en la directora de escuela que decidió prohibir las modas extravagantes entre sus alumnos, que impuso disciplina donde antes había permisividad disfrazada de progreso, y que respondió a las quejas de algunos padres con una frase que ya circula como un acto heróico: “Y a quien no le guste, que busque otra escuela”. Esta frase se volvió estandarte entre quienes presentan un visible hartazgo que llevaba años acumulándose esperando el momento en que alguien se atreviera a decirlo sin pedir disculpas.
Hay una entrevista que vi hace unos días y todavía la tengo en la cabeza. Una mujer, con los ojos llenos de lágrimas de un orgullo casi ritual, confiesa sufrir ansiedad y otros trastornos, grita con euforia su identidad sexual, y en el mismo aliento exige el juicio político de Trump. La entrevistadora no alza la voz. Se limita a devolverle la pregunta: ¿me estás diciendo que alguien con múltiples padecimientos mentales es quien debería definir el rumbo de un país? Silencio. No hubo respuesta, porque no la había.
En el fondo de esta misma escena están los adolescentes que se declaran therians, convencidos de tener una identidad animal interior, y los que dedican horas a “farmear aura” en redes sociales coleccionando gestos de carisma vacío para una audiencia que aplaude cualquier cosa con tal de que tenga un filtro encima.
Sería cómodo etiquetarlo como anécdota curiosa de una generación aburrida, pero son la consecuencia lógica, casi matemática, de una cultura que pasó una década entera enseñando que la identidad se elige como quien elige un sabor de helado, y que cualquier elección, por extravagante que sea, merece aplauso y protección legal.
Nada de esto significa que el progresismo, en su forma original, careciera de sentido. Todo sistema político necesita ese contrapeso, esa incomodidad que obliga a revisar privilegios y prejuicios heredados.
Sin embargo, hasta la virtud llevada al exceso lleva al desastre y es precisamente la pérdida del piso lo que les hace perder toda objetividad y sentido común. No es de extrañarse que nos encontremos entrando a una época dura, después de todo, la comodidad ha llevado a los seres humanos a ser débiles, y los hombres débiles, como bien se dice, crean tiempos duros.
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