LO MÁS POR LO MENOS


Por Horacio Cárdenas

La política mexicana es una política de anécdotas, en ellas se guarda la sabiduría, los consejos, las reglas no escritas de un sistema político que aunque algunos se empeñen en decir que dejó de existir para siempre, poco menos que con su llegada al poder en el 2018 la historia finalmente llegó a su culminación y final, lo cierto es que sigue existiendo, y ni tan soterradamente, pues como lo hemos visto en el juego de las corcholatas y los destapes, sigue tal cual, si acaso con un toque de anarquismo, pues los que mandan ahorita solo se ocupan de cumplir y utilizar las experiencias que les son útiles, el resto lo desechan como superado.
Una de las anécdotas inolvidables, pero mucho más que simplemente eso, que pueden resultar utilísimas para quien quiera aprender algo más de lo que su ego se lo permite, es aquella que relataba, no sin cierto grado de sentimentalismo, pero con mucha humildad política, Antonio Ortiz Mena. Sucede que quien fuera poderoso integrante del gabinete presidencial durante un par de sexenios, en aquella era que se dio en llamar pretenciosamente, del desarrollo estabilizador, gustaba de comer en el afamado restaurant Prendes, en lo que no se denominaba, pero era con todo rigor, el centro histórico de la ciudad de México, al parecer hubo durante muchos años un pordiosero que se instalaba cotidianamente a la entrada misma del Prendes, un tipo educado, más o menos limpio, no tanto como para echar a perder el negocio, y que vivía de las limosnas de los comensales, muchos de ellos en el candelero político del momento. Don Antonio religiosamente le entregaba algunas monedas, cuando estas valían, a lo que el mendigo siempre respondía Muchas gracias licenciado.
Pero todo lo bueno se acaba, y así Ortiz Mena salió del gabinete, ni modo. Luego de algunos días, decidió acudir a su antiguo restaurant favorito, donde las cosas parecían como siempre, el pordiosero en la puerta, y Don Antonio le entregó las consabidas monedas, a lo que aquel le respondió con un simple gracias… medio amoscado, el exfuncionario le preguntó ¿qué, ya no soy licenciado?, a lo que el otro le contestó, no, lo que ya no es, es secretario de Hacienda… así es la política en México, pero no todos la entienden.
Allí le va otro par de ejemplitos, más locales: El recién fallecido Eliseo Mendoza Berrueto, había recorrido los más altos estratos de la política mexicana, aunque sin llegar a ser secretario de estado. En su momento, fue considerado “el natural” para llegar a ser candidato del PRI y luego gobernador del estado de Coahuila, todo perfecto, pero ni comparar los puestos que había tenido como subsecretario, y sobre todo como presidente de la Cámara de Diputados, ¿venirse a gobernar su estado, uno de los que entonces más alejados se hallaban del centro, en todos los sentidos?
Lo mismo le pasó a Rogelio Montemayor Seguy. Había sido subsecretario de Planeación del Desarrollo, secretario técnico del gabinete económico en la presidencia de la república, luego descentralizado director del INEGI, el primero en irse a Aguascalientes, y lo mismo ¿irse a gobernar los terregales coahuilenses? Como que en ambos casos era ir de más, a menos. Luego a Rogelio la cosa se le compuso, bastante, con su designación como director de Petróleos Mexicanos, subidón como pocos se habían visto antes.
Ahora que Ricardo Mejía Berdeja anda haciendo una cómoda campaña para lograr la candidatura de MORENA al gobierno de Coahuila, se piensa de veras que forma parte de un mundo aparte, una nueva forma de hacer las cosas (hasta ahorita nos damos cuenta lo parecido que suena eso al primer lema de Rubén Moreira como gobernador, una nueva forma de gobernar, al que la raza malora completó … sin un peso de presupuesto), en que las anécdotas no son más que eso, cuando mucho, experiencias de tiempos idos y épocas superadas, de las que no se puede aprender nada, salvo cosas malas.
Que no debería dejarlo de lado, pues Mejía se formó en la ruda escuela priísta, en su campus lagunero, uno de los más refinados que existen, nada de que lo grillo lo trae en su sangre acapulqueña, eso no se lo creen ni en las playitas de Cuatrociénegas. Estas cosas no existían antes, las campañas había que hacerlas de manera mucho más discreta y soterrada, no exhibiéndose como funcionario público que sigue siendo, de muy alto nivel en el gabinete del presidente López Obrador.
Según Mejía Berdeja, está haciendo mucho por los coahuilenses durante estos meses de precampaña que no son precampaña, no lo mande Dios ni lo fiscalice el INE, anda gestionando cosas aquí, favores allá, prometiendo esto, cobrando lo otro, sin darse cuenta cabal que como los dos gobernadores mencionados, se enfrentará alguna vez con que está cambiando lo más, por lo menos.
Esas son cosas que solo saben los secretarios particulares, pues los titulares prefieren ignorarlas. ¿Quién tiene prioridad, un subsecretario de seguridad pública, al que se le suele dar más juego de exhibición, que a su superiora jerárquica, o un gobernador, el de Coahuila sin ir más lejos? Por muy mal que caiga, siempre es bueno para los políticos llevarla lo mejor posible con los encargados de la seguridad, tanto porque se les pueda necesitar en algún problemita, como si en un momento aciago les toca que les echen el guante, siempre es bueno poder recordar alguna borrachera juntos… en cambio ¿qué favor se le puede pedir a un gobernador fronterizo?, como no sea escoltar algún embarque de falluca o cosa así, no se nos ocurren muchos, aunque también eso forma parte de las habilidades de los políticos, saber encontrar oportunidades de negocios y tráfico de influencias donde no los hay.
El caso es que, al Mejía Berdeja subsecretario de seguridad, todos le rinden pleitesía, a Mejía Berdeja, cuando sea candidato, si lo logra, y cuando sea gobernador, si es que gana, no le van a dar el mismo trato que le conceden generosamente ahora. ¿Porqué? Pues porque así es la política mexicana, en la que hasta los mendigos se dan el lujo de despreciar a los que ya no son lo que alguna vez presumieron ser.


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