Mtro. Marco Campos Mena
México no está mejor desde que empezó el Mundial, solo es que dejamos de mirar, y ese es un problema que está creciendo conforme transcurren los festejos y los juegos… Esto es mucho más peligroso que cualquier marcador en contra.
Durante semanas, las madres buscadoras, la CNTEy los transportistas lograron algo que pocas veces consigue la sociedad civil en este país: encender el foco nacional un solo día. Un día que bastó para que fueran trending topics, captaron la atención de las cámaras y hasta algunos funcionarios incómodos tuvieron que salir a dar explicaciones.
Después, todo volvió a su cauce de silencio administrado con la eficiencia de siempre: se replegó a los inconformes, se diluyó la cobertura, y las cifras de homicidios y desapariciones regresaron a ese limbo estadístico donde nadie exige cuentas porque nadie está viendo. ¿Cuántas desapariciones se registraron mientras medio país discutía el once inicial contra Ecuador? Es una pregunta que no tiene respuesta porque nadie la está haciendo, y esa es exactamente la función de la cortina de humo desviar el interés por los temas incomodos.
Tampoco nos está regalando el consuelo económico que la narrativa oficial insiste en vender. Los números lo desmienten con una contundencia imposible de refutar.
La FIFA bloqueó cerca de 2 mil habitaciones en hoteles de la Ciudad de México meses antes del torneo, y conforme se acercó la fecha, liberó el 40% de ese bloque: 800 cuartos que regresaron de golpe a un mercado que ya no tuvo tiempo de planear su llegada.
Hubo hoteles que se quedaron con 180 o 200 habitaciones vacías de un tirón. La ocupación en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey se quedó rondando el 60%, muy por debajo del 80% que se había proyectado. Y no, no fue exclusivo de México: en Vancouver y Toronto se liberó hasta el 80% de las reservas bloqueadas, y en ciudades como Boston, Dallas, Los Ángeles o Seattle la FIFA canceló hasta el 70% de lo que había apartado, con más de 38 mil reservaciones canceladas en todo el bloque norteamericano según la American Hotel & Lodging Association.
La demanda artificial que la propia FIFA fabricó con meses de anticipación terminó por explotarle en la cara a la industria hotelera de tres países. Ni siquiera el argumento de la inseguridad mexicana alcanza para explicar el fenómeno completo, aunque sí ayuda a explicar por qué, incluso con cuartos ya liberados, muchos turistas internacionales prefirieron no arriesgarse… Y encima, la codicia hizo lo suyo: hoteles que subieron tarifas y Airbnbs que las triplicaron en algunas zonas terminaron ahuyentando al turista que quería venir y sí tenía el dinero para hacerlo. El aparato mundialista compitió contra sí mismo y perdió…
Mientras el país se entretiene calculando si somos sede de la ilusión o de la genialidad, hay una revisión del T-MEC caminando en silencio, casi de puntitas, que sí debería quitarle el sueño a cualquier inversionista serio. El 1 de julio, Estados Unidos dejó claro que no habrá extensión automática por 16 años, como pedían México y Canadá. El tratado sigue vigente, sí, pero entra a un esquema de revisiones anuales hasta 2036. Washington redujo de 54 a 14 los temas que mantiene abiertos; México lleva 13 propios a la mesa, entre ellos quitarse de encima los aranceles de la Sección 232 sobre acero, aluminio y sector automotriz. La siguiente ronda bilateral es el 20 de julio, en la Ciudad de México. Y mientras tanto, la inversión fija bruta en el país ya registró una caída de 3.3% anual en el primer trimestre de 2026, con el peso cotizando alrededor de 17.50 por dólar en un contexto que los propios analistas de Banorte y Grupo Financiero Base describen como el principal factor de riesgo cambiario del año.
Diez revisiones anuales son más que un matiz técnico, son diez oportunidades para que cualquier fricción política se convierta en presión comercial. Ningún inversionista construye una planta pensando en un horizonte de doce meses. El nearshoring que tanto presumimos como tabla de salvación empieza a depender de un examen que se repite cada año y que nunca termina de aprobarse del todo.
Y justo el mismo 1 de julio, con medio país absorto en octavos de final, la presidenta Claudia Sheinbaum firmó un decreto que ha pasado casi inadvertido y que, sin embargo, merece más lectura crítica que cualquier alineación titular. Convirtió al Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México en organismo público descentralizado, sacándolo de la Secretaría de Cultura para adscribirlo a la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.
El instituto impartirá licenciaturas en Historia, Ciencias Sociales y Humanidades, y en Administración Pública y Buen Gobierno, además de maestrías en Humanismo Mexicano, Estudios de Género y Feminismos, y Movimientos Sociales y Rescate de la Memoria.
La convocatoria salió en julio, el curso propedéutico arranca en agosto, y las clases inician en septiembre, en un inmueble de la calle Guatemala número 80, en pleno Centro Histórico. Al frente del cuerpo académico quedaron nombres como Enrique Semo, Lorenzo Meyer, Armando Bartra, Romana Falcón y Ariel Rodríguez Kuri, presentados oficialmente como personalidades de pensamiento progresista.
Y la misión, esa sí, quedó dicha sin ningún eufemismo: frenar el avance de la ultraderecha en México y América Latina. La titular de Secihti lo resumió con una frase que debería borrarnos la sonrisa mundialista: frente a los discursos de odio que buscan exacerbar el clasismo, el racismo y la división social, la historia y la memoria del pueblo deben funcionar como barrera moral.
Aquí conviene detenerse a analizar la trampa retórica que es elegante. Nadie en su sano juicio se opone a estudiar historia, ni a combatir el racismo, ni al pensamiento crítico como valor en sí mismo. El problema no es el contenido, es quién lo declara oficial y con qué autoridad. Cuando es el Estado el que define, desde una secretaría y con matrícula, presupuesto y sede fija, quién representa una amenaza para la civilización y quién no, el pensamiento crítico deja de ser crítico. Se vuelve doctrina con diploma, y quien construye esa barrera moral es exactamente el mismo que decide, sin que nadie se lo cuestione en la mañanera, de qué lado te toca pararte a ti.
Ese es el marcador que de verdad importa esta temporada. No el que se juega en la cancha, ni el que celebramos con la playera puesta mientras el país sigue desangrándose fuera de cámara. El Mundial se va a acabar en unas semanas. Las desapariciones, la revisión anual del T-MEC y un instituto con vocación de tribunal moral, no.
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