30/03/26
Por Juan Ciudadano
El Pitarreo dixit: «bola de agachones»
Como dijo Carlos Monsiváis: “no entendí lo que estaba pasando o ya pasó lo que estaba entendiendo”. De pronto todos se pusieron muy felices —o al menos eso pretenden vender los medios tradicionales— porque se levantaron las clausuras federales en Cuatro Ciénegas. ¿No se supone que deberíamos estar felices cuando se cuida y se protege una joya del patrimonio ecológico de la humanidad? ¿De verdad nos debería importar un bledo si alguien no puede ir a embriagarse y tirar basura en las pozas donde viven los estromatolitos, vestigios vivos de los principios de la vida en la Tierra? Lo que debería indignarnos es la contaminación de esos ecosistemas únicos, no que les hayan cerrado el changarro un rato. No cabe duda: tenemos lo que nos merecemos. Y cuando se pierda ese oasis, ahí van a andar, haciéndose como que lo ignoran todo y culpando a otros.
El asunto se parece al tema AHMSA; todos andaban lamiendo las botas de Alonso Ancira, dueño de ese consorcio acerero y ya cuando los dejo ensartados, ahí si empezaron a preguntarse que había pasado. yo les voy a decir lo que pasó, resulta que perdieron los más por lo menos por andar de agachones.
Así como antes debieron cuestionar al cacique ahora tendrían que defender el patrimonio ecológico, no unos cuantos centavos, parece que en la región centro, ciertas personas no aprenden la lección.
Luego de tras días de confusión por cierres en varios puntos turísticos, “la actividad volvió a la normalidad” y se habló de acuerdos para no afectar al sector. Con un detalle que no es menor: el Río Mezquites todavía seguía clausurado al corte de ese sábado. Es decir, se levantó lo que se podía levantar sin que tronara la temporada, y se dejó el punto más sensible en pausa, como para que parezca mano firme sin romper la caja registradora.
Cuatro Ciénegas se vende como paraíso, pero se maneja como tianguis. Hay lugareños que no lo ven como patrimonio irrepetible, sino como negocio inmediato. Quieren turismo y hotelería sin responsabilidad social y ambiental: sin límites de carga, sin reglas que se cumplan, sin vigilancia real. La típica: “que venga la gente” y que el ecosistema aguante.
Para el alcalde Víctor Manuel Leija Vega, el municipio debe vivir del turismo, claro. Pero el turismo sólo sirve si protege el recurso que lo hace posible. Si se revienta el ecosistema, se acabó el negocio. Y entonces sí, a llorar al desierto.
Lo más irónico es que todo esto ocurre en un estado donde ya vimos lo que pasa cuando se deja explotar el agua sin freno. Ahí está el antecedente que pesa como losa: Lala y el Valle del Hundido, y el acuerdo por el agua en el que el gobierno federal apretó la mano para que se cediera volumen a favor de la reserva ambiental. La lección era clarita: el agua no es mercancía infinita. Pero parece que aquí la memoria dura lo que dura la temporada alta.
La ASF trae lupa… y Coahuila no salió bonito en la foto
El segundo tema también tiene que ver con responsabilidades, sólo que aquí no se trata de pozas, sino de dinero público. La Auditoría Superior de la Federación llega con un nuevo esquema de revisión y una reestructura que, en los hechos, significa más lupa y más alcance. Y con la llegada del nuevo auditor superior federal, Aureliano Hernández Palacios, el mensaje implícito es claro: se viene una fiscalización más ordenada en el papel… y más incómoda para quienes estaban acostumbrados a la holgura.
En Coahuila, la revisión de la Cuenta Pública 2024 dejó un golpe que todavía no se digiere: los ayuntamientos acumularon observaciones cuantiosas, y por porcentaje, hay municipios con casi 100% de lo auditado bajo observación.
Traducido: culebras tírense al agua, ya se les llegó la hora.
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