Por Marco Campos Mena
Febrero fue un mes particularmente malo para muchos negocios. No hace falta revisar todavía los indicadores oficiales para darse cuenta de ello, basta con caminar por la ciudad, hablar con gerentes, con encargados de sucursal o con dueños de pequeños establecimientos. La conversación se repite con demasiada frecuencia: las ventas están por muy debajo de lo esperado y la presión comienza a sentirse cada vez más en las finanzas.
Muchos establecimientos han intentado reaccionar de la manera habitual: promociones, descuentos, campañas publicitarias más agresivas, cambios en menús o en ofertas comerciales. Sin embargo, el resultado está siendo prácticamente el mismo en muchos casos, la gente simplemente no está llegando y los consumos son muy bajos.
En el sector restaurantero la caída fue particularmente visible. Restaurantes que normalmente mantenían un flujo constante de clientes comenzaron a ver mesas vacías durante horarios que antes eran fuertes, y aunque cada negocio tiene su propia realidad, el fenómeno comenzó a repetirse con demasiada frecuencia como para considerarlo una simple coincidencia.
Parte de esta situación tiene que ver con un ambiente de incertidumbre económica que se instaló de manera bastante rápida. Entre despidos en distintos sectores industriales, tensiones comerciales por aranceles y una desaceleración en la actividad fronteriza que ha afectado el flujo de vehículos y mercancías, comenzó a generarse un efecto dominó que terminó impactando directamente en el empleo y, por consecuencia, en el consumo.
Cuando las personas perciben que su estabilidad laboral puede verse comprometida, lo primero que cambia es su comportamiento de gasto, se vuelve más prudente, más conservador, se posponen compras, se eliminan gastos que no son estrictamente necesarios y se prioriza el ahorro ante la posibilidad de enfrentar un escenario laboral más complicado.
El caso del recorte de 1,900 empleos en la planta de General Motors en Ramos Arizpe es un ejemplo claro de cómo un evento aparentemente localizado puede tener efectos mucho más amplios.
En economía industrial existe una cifra incómoda que pocas veces se menciona con claridad: por cada empleo directo que se pierde en una gran empresa, suelen desaparecer entre tres y cinco empleos indirectos. Proveedores, transportistas, servicios de mantenimiento, pequeñas empresas que dependen de esa actividad productiva. Cuando se hace el cálculo completo, el impacto real de un recorte laboral puede multiplicarse de manera considerable.
Por eso, cuando se anuncian despidos en grandes corporaciones, el efecto económico no se queda únicamente dentro de la empresa. Se expande hacia toda la cadena productiva y termina reflejándose en el consumo cotidiano de las ciudades.
Pero el problema no se limita únicamente a la incertidumbre laboral… También existe una variable estructural que comienza a pesar cada vez más: la falta de inversión pública suficiente para mantener dinamismo en la economía.
El gobierno federal enfrenta niveles de deuda que han reducido su margen de maniobra financiera. Esto significa que la capacidad de impulsar inversión pública al nivel que se requeriría en un momento de desaceleración es considerablemente menor.
Las finanzas públicas arrastran presiones importantes y eso obliga a tomar decisiones difíciles en materia presupuestaria. En muchos casos se están realizando ajustes para priorizar proyectos visibles o políticamente estratégicos, mientras que otros rubros menos notorios comienzan a sufrir recortes.
Aquí es donde aparece un fenómeno económico que suele pasar desapercibido para el público general.
Gran parte del dinamismo económico cotidiano depende de presupuestos que rara vez generan titulares: mantenimiento de infraestructura, contratos con proveedores locales, servicios especializados, obras menores, programas operativos que mantienen funcionando el aparato público. Cuando esos recursos comienzan a reducirse, miles de pequeñas empresas y trabajadores independientes pierden una fuente constante de ingresos.
Para muchos negocios, esos contratos representan una parte fundamental de su actividad económica diaria.
Si a esto se suma el hecho de que las tasas de interés en México continúan siendo relativamente altas, el panorama se vuelve todavía más complejo. El crédito sigue siendo caro y, aunque esta política monetaria busca controlar la inflación, también tiene efectos colaterales sobre la capacidad de consumo y de inversión.
México es, además, uno de los países con niveles significativos de morosidad en diversos segmentos crediticios. Pero también conviene preguntarse algo elemental: ¿cómo no habría problemas de pago cuando los créditos terminan cargando tasas que, en muchos casos, resultan difíciles de sostener para los ingresos promedio?
Muchas familias terminan atrapadas en créditos que parecen eternos. Mes tras mes se cubren intereses, pero el capital apenas disminuye. Con el tiempo, esto termina erosionando el poder adquisitivo de los hogares. El dinero que podría destinarse a consumo, recreación o inversión personal termina absorbido por compromisos financieros.
A esto se suma otro factor que, aunque pocas veces se reconoce abiertamente en términos económicos, tiene un impacto real: la percepción de seguridad.
En gran parte del país, la inseguridad se ha convertido en un elemento que influye en las decisiones de movilidad y turismo. Exceptuando estados como Coahuila y algunas zonas de Yucatán, muchas regiones enfrentan un problema serio de percepción de riesgo. Para muchas familias, viajar o visitar determinados destinos se ha convertido en una decisión que implica evaluar la posibilidad de enfrentar situaciones de violencia.
Cuando el miedo entra en la ecuación económica, el turismo y los servicios relacionados suelen ser de los primeros sectores en resentirlo.
Un ejemplo particularmente doloroso es el caso de la recuperación de Acapulco después del impacto devastador del huracán Otis. A más de un año del desastre, muchas zonas del puerto continúan intentando recuperarse en medio de recursos limitados y de una reconstrucción que avanza tan lento que miles de familias han perdido la esperanza.
En una entrevista, un lanchero relataba su situación con una crudeza que resume perfectamente el problema: antes del huracán contaba con cinco lanchas para trabajar; después del desastre solamente le quedó una. Su capacidad de ofrecer servicio se redujo drásticamente y, al mismo tiempo, la afluencia turística no ha regresado por la falta de infraestructura que vuelva atractivo el puerto y en consecuencia, no ha podido levantar su negocio lo suficiente como para subsistir.
Es el tipo de historia que rara vez aparece en los análisis macroeconómicos, pero que refleja con claridad cómo las crisis afectan directamente la vida cotidiana de miles de personas.
Mientras tanto, los hogares también están comenzando a modificar sus hábitos de consumo.
Muchas familias están optando por ahorrar lo más posible ante la proximidad de periodos vacacionales o simplemente como una forma de crear un pequeño colchón financiero ante la incertidumbre. Si el entorno económico se percibe inestable, conviene tener reservas.
El problema es que cuando millones de personas comienzan a ahorrar al mismo tiempo, el efecto inmediato es una reducción en el dinamismo del consumo.
La inflación también sigue siendo un factor que presiona el gasto familiar. Aunque en términos técnicos se ha moderado respecto a años anteriores, la percepción cotidiana de los consumidores cuenta una historia distinta.
Quien revisa los precios con atención puede notar aumentos importantes en productos básicos. Un ejemplo sencillo es el del plátano, que en algunos supermercados ha alcanzado los treinta pesos por kilogramo, cuando este estuvo alrededor de los veinte o veintiún pesos. Es un incremento cercano al cincuenta por ciento.
Algo similar ha ocurrido con productos como la zanahoria, que dependiendo del establecimiento puede encontrarse entre quince y diecinueve pesos, cuando hace no mucho tiempo costaba entre cinco y diez pesos menos.
Estos cambios, aparentemente pequeños cuando se observan de manera individual, terminan acumulándose en el gasto mensual de las familias.
Ante esta presión, muchos consumidores están adoptando estrategias de ajuste que han sido estudiadas desde hace décadas en el ámbito de la administración. En una ocasión, durante una investigación sobre hábitos de consumo, un gerente de supermercado decidió pagar la despensa completa de una clienta con una condición: quería acompañarla durante su recorrido para entender cómo distribuía su presupuesto. Ya en casa, los productos sin marca reconocida, como el arroz o los frijoles, terminaban en la cocina, fuera de la vista de las visitas. Pero los productos que podían aparecer en la mesa, como los condimentos, eran de marcas conocidas. Era una forma de equilibrar la necesidad de economizar con el deseo de mantener cierta imagen frente a los demás.
Hoy estamos viendo un fenómeno similar: muchas personas están migrando hacia marcas más económicas para ahorrar algunos pesos en cada compra. Puede parecer una diferencia mínima, pero cuando se suma en cada producto, termina representando un alivio importante para el presupuesto familiar.
A este escenario se suma otro factor que durante años fue un motor importante del consumo en México: las remesas provenientes de Estados Unidos.
En los últimos meses se ha observado una tendencia a la baja que reduce la cantidad de dinero disponible en muchas comunidades. Y además existe un segundo efecto que pocas veces se menciona: el tipo de cambio.
Con un dólar más bajo, cada envío representa menos pesos para las familias receptoras. En algunos casos la diferencia puede llegar a ser de tres o cuatro pesos por dólar respecto a lo que se recibía hace algunos años.
Para quienes importan productos o planean viajar al extranjero, un peso fuerte puede resultar conveniente. Pero para quienes dependen de ingresos dolarizados, la historia es diferente.
En medio de todo esto también existe una capa adicional de incertidumbre política y económica internacional.
Las discusiones en torno al futuro del T-MEC, las tensiones comerciales globales y la posibilidad de conflictos geopolíticos más amplios generan un entorno en el que muchas empresas prefieren esperar antes de invertir o expandirse.
Cuando la inversión se detiene, el crecimiento económico inevitablemente se desacelera, y aunque todavía no exista una narrativa oficial que hable abiertamente de crisis, en la calle la percepción comienza a tomar forma.
En estos momentos tenemos las herramientas para salir delante de esta crisis, pero se requiere ante todo voluntad para trabajar de manera coordinada y en el sentido correcto.
Necesitamos reforzar los hábitos financieros mediante educación financiera, trabajar en ello y dar las condiciones para que baje la tasa de interés. Es necesario tomar acciones para reducir la violencia que aterroriza a la mayor parte del territorio mexicano y merma el turismo.
Podríamos incluso trabajar con la medida impopular de eliminar programas sociales y apoyo para utilizar ese dinero en incentivos de oportunidades con los que se podrían crear emprendimientos y fuentes de empleo, ya que es bien sabido que muchos han optado por no trabajar con tal de recibir un apoyo…
Trabajemos con todo aquello que está dentro de nuestro control y seguramente tendremos la oportunidad de crear un nuevo rumbo de crecimiento aún contra todo pronóstico y pese a las tensiones internacionales.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
