Por Marco Campos Mena
No importa si les llamamos izquierda o derecha, republicanos o demócratas, PAN o Morena o cualquier otro nombre que queramos ponerles. Las diferencias ideológicas siempre van a existir, y eso, en teoría, es sano para una democracia. El problema es que, en muchos casos, esas diferencias no fortalecen al gobierno, sino que terminan debilitándolo.
A unos se les etiqueta como conservadores, tradicionales, rígidos, incluso “del pasado”. A los otros se les llama progresistas, woke o simplemente izquierda. Más allá de los adjetivos, lo que vemos en la práctica es que ciertos gobiernos (particularmente los de izquierda) tienden al populismo, y el populista, por definición, busca agradar al votante, aunque eso implique tomar decisiones fáciles con consecuencias complicadas.
Es cierto, el populismo puede aparecer en ambas corrientes, pero se presenta con mayor frecuencia en la izquierda porque esta suele enfocarse en dar visibilidad a sectores históricamente marginados, con poca representación o considerados minorías. El problema surge cuando, en nombre de esa visibilidad, se permite hacer y deshacer incluso en contra de la voluntad de las mayorías. Ahí empieza a gestarse un gobierno débil: cuando pierde el respaldo de la mayoría que gobierna.
Un gobierno permisivo pierde ese apoyo de las mayorías. Permite cosas que después no sabe o no quiere controlar. El ejemplo lo tenemos claro en México con la transición de los gobiernos de Calderón y Peña Nieto al de Andrés Manuel López Obrador. Se pasó de una estrategia de confrontación directa contra el narcotráfico y el crimen organizado a una política de apertura y omisión. Las consecuencias están a la vista: incremento en la violencia, delitos de alto impacto y una sensación generalizada de que no hay freno.
Hoy vemos asesinatos de ediles, diputados, policías y pareciera que no hay autoridad capaz de poner un alto. Un gobierno débil prefiere esconderse, minimizar los hechos o simplemente esperar a que el tema se diluya. No se mete en problemas porque no tiene carácter o no tiene fuerza. Eso sí, suele ser abusivo con quien se deja, y generalmente quien se deja es el pueblo, que, contra todo pronóstico, sigue intentando salir adelante.
Los gobiernos fuertes funcionan distinto. Se caracterizan por enfrentar los problemas, aun cuando las decisiones sean profundamente impopulares. Entienden que gobernar implica sacrificios y que tomar decisiones difíciles casi siempre genera desgaste político. Pero también saben que, con el tiempo, esas decisiones suelen traducirse en mejores condiciones de vida y mayor bienestar para la población.
Un gobierno débil rara vez sobresale. Prefiere aislarse, no participar en cumbres internacionales ni exponerse ante otros mandatarios. Sabe que no tiene resultados sólidos que presentar. Por eso recurre a narrativas que buscan convencer a la gente de que todo está bien, de que se gobierna mejor que nunca, aunque los datos digan exactamente lo contrario, y los datos no mienten.
Un gobierno fuerte puede pararse en cualquier foro internacional, mostrar cifras, resultados y políticas públicas claras, y ganarse el respeto inmediato. No necesita adornar la realidad. Un gobierno débil, en cambio, necesita repetir una y otra vez sus supuestos logros porque, en el fondo, carece de argumentos reales para justificar su permanencia en el poder.
Y cuando un gobierno es débil, casi siempre intenta perpetuarse. No importa si para lograrlo tiene que dañar la educación, endeudar al país o vender esperanza basada en mentiras. No importa tampoco de qué corriente ideológica provenga porque hay gobiernos débiles tanto en la izquierda como en la derecha. Todos comparten el mismo patrón: imponer su visión aunque tengan a la mayoría en contra.
Para justificarlo, recurren al ruido; hacen que las minorías hagan escándalo, que se manifiesten, que dañen monumentos o realicen actos públicos que llamen la atención, así construyen la ilusión de un respaldo masivo, cuando en realidad ese apoyo suele ser mínimo frente a quienes no están de acuerdo.
Dicen los políticos de gran colmillo que un gobierno fuerte no se siente, simplemente se vive. Hay paz, orden y rumbo. Un gobierno débil, en cambio, necesita gritar constantemente que está trabajando, que está dando resultados, porque sabe que detrás del discurso no hay sustento. Y eso, al final, es lo que define la diferencia entre gobernar con fuerza y gobernar con miedo.
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