Washington, D.C., 07/01/26 (Más).- El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ha sido designado como el principal encargado de coordinar la intervención estadounidense en Venezuela, una misión de alto perfil que lo coloca en el centro de la política exterior de la administración de Donald Trump.
Rubio, quien ya acumulaba cargos estratégicos como consejero de Seguridad Nacional y administrador de lo que resta de USAID, ahora suma un nuevo encargo: liderar la reconstrucción política y económica del país sudamericano tras la captura de Nicolás Maduro.
De acuerdo con el diario El País, Rubio se ha convertido en el hombre de mayor confianza del presidente para dirigir la estrategia de “transición ordenada” en Venezuela.
En las imágenes difundidas por la Casa Blanca durante la operación militar en Caracas, el exsenador de 54 años aparece junto a Trump, observando atentamente los avances. Su papel ha sido clave no solo en el diseño del cerco contra Maduro en los últimos meses, sino también en el desarrollo del operativo militar y en la comunicación con la nueva dirigencia venezolana.
El sábado pasado, durante una rueda de prensa en Mar-a-Lago, Trump reveló que Rubio ya había sostenido una extensa conversación con Delcy Rodríguez, actual vicepresidenta y nueva figura al frente del Gobierno venezolano. En dicha llamada, se le comunicaron las exigencias de Estados Unidos para permitirle permanecer en el cargo: acceso privilegiado al petróleo, desmantelamiento de bandas criminales, lucha frontal contra el narcotráfico y ruptura de lazos con gobiernos hostiles a Washington.
Rubio formará parte de un cuarteto de alto nivel que supervisará la evolución del nuevo gobierno venezolano. Junto a él estarán el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el vicepresidente, J. D. Vance, y Stephen Miller, jefe adjunto del Gabinete y figura clave en la política antiinmigrante. Sin embargo, será Rubio quien lidere las acciones, tal como lo confirmó Miller el lunes en declaraciones a la prensa. El secretario de Estado se encargará de aplicar las directrices presidenciales en todos los frentes: energético, económico, de seguridad y político.
La tarea principal que recae sobre Rubio será rediseñar el sector energético de Venezuela, considerado la joya estratégica en esta nueva etapa.
Con su dominio del español, su experiencia en América Latina y sus estrechos lazos con la oposición venezolana, Rubio ha sido considerado el puente natural entre Washington y Caracas. Trump le ha confiado también la misión de garantizar que Delcy Rodríguez cumpla rigurosamente con los compromisos adquiridos con Estados Unidos, bajo la amenaza de una segunda ofensiva militar o medidas más severas.
Rubio ha advertido que Estados Unidos dispone de una amplia gama de herramientas para ejercer presión, entre ellas la “cuarentena” impuesta a los barcos que exportan crudo venezolano, y el despliegue naval en el Caribe que, según ha dicho, continuará vigente.
En declaraciones a CBS, afirmó que ese poder coercitivo se mantendrá activo hasta que se produzcan transformaciones que beneficien, ante todo, a los intereses de Estados Unidos, y en segundo término, al pueblo venezolano.
El ascenso de Rubio a este rol central es también la culminación de una vieja aspiración personal: liderar el combate contra las dictaduras de izquierda en la región. Desde su época como senador por Florida, hijo de exiliados cubanos, Rubio fustigó a Nicolás Maduro, a quien llegó a calificar como “narcoterrorista”, y presionó a Trump desde las primarias republicanas de 2016 para adoptar una línea dura frente al chavismo.
En los inicios de su gestión como secretario de Estado, sus llamados a la democracia y los derechos humanos fueron recibidos con escepticismo por Trump, quien entonces apostaba por la negociación con el régimen. Fue hasta que Rubio enmarcó el caso de Maduro bajo la óptica del narcotráfico –recordando que estaba imputado en Nueva York desde hacía cinco años– que logró captar el interés del presidente. A partir de ahí, se reforzó la narrativa criminal, se etiquetó al cartel de los Soles como organización terrorista y se aumentó la recompensa por la captura de Maduro a 50 millones de dólares, lo que coincidió con el despliegue militar estadounidense en el Caribe en agosto.
Desde entonces, Rubio ha trabajado estrechamente con Stephen Miller en la Casa Blanca, relegando su agenda diplomática internacional y concentrándose en delinear el futuro de Venezuela sin Maduro. Aunque ha hecho algunas excepciones –como su papel en las negociaciones sobre Ucrania–, sus movimientos han estado centrados entre Washington y Florida, en permanente coordinación con Trump.
El secretario de Estado también ha advertido que la intervención en Venezuela es una señal clara al gobierno de Cuba. “Si yo viviera en La Habana y formara parte del Gobierno, estaría preocupado, por lo menos un poco”, declaró durante la conferencia en Mar-a-Lago.
Para Rubio, la caída de Maduro representa un paso hacia su objetivo mayor: poner fin a los regímenes autoritarios de izquierda en América Latina.
Pese al aparente triunfo inicial, la tarea que tiene por delante es monumental. Venezuela sigue siendo un país con estructuras frágiles, facciones internas dentro del chavismo, presencia de grupos armados y redes criminales complejas. Como advirtió Phil Gunson, analista del Crisis Group, no está claro cuán estable pueda ser el nuevo gobierno sin Maduro, quien hasta ahora fungía como figura de consenso dentro del oficialismo. “Es posible que se dividan”, sostuvo el experto. En este contexto, el éxito o el fracaso del proceso de transición recae en gran medida en Rubio. Como recordaba el exsecretario de Estado Colin Powell respecto a Irak: “Si tú lo rompes, tú te lo comes”. Una frase que ahora resuena con fuerza en Washington, mientras Marco Rubio asume el control de la apuesta más arriesgada de la política exterior estadounidense en lo que va del siglo.
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