Por Marco Campos Mena
Cuando llega el tiempo de elecciones, la alegría para muchos desborda porque sabemos que habrá bonanza económica, se bajarán recursos y se comprará en diferentes negocios, desde las imprentas hasta los restaurantes y hoteles.
Todo parece felicidad, la economía fluye y hay ventas que son esperadas con ansias en cada año electoral, pero… ¿todo es tan bueno como parece?
Si habláramos de los recursos que se da a los partidos para sus campañas, si, estamos hablando de unos pocos millones que reactivan algunas áreas que dependen de ventas por servicios particulares, mas sería suficiente para lograr el milagro que tanto esperamos.
Lo cierto es que poco es lo que se nota y lleva ante los tribunales cuando se exceden los topes de gastos en campaña, y eso no representa ni la mitad de lo que vemos que se gasta en campañas en total.
Claro, lo fiscalizable como los espectaculares y spots de radio y televisión es lo que generalmente se lleva a la contabilidad final, pero, cuando hablamos de recursos impresos, despensas, dinero en efectivo o apoyos en especie, eso pasa por debajo del agua y no viene de recursos privados en su mayoría.
Es lamentable, pero mucho de eso proviene de fuentes ilícitas, un secreto a voces que en estos tiempos de la 4T se ha vuelto más que evidente y cínico, pero sigue sin ser totalmente de nuestro interés para el tema de hoy.
Los recursos que el partido en el poder utiliza para permanecer en el no suelen ser de la bolsa del candidato, salvo que este sea lo suficientemente acaudalado como para no sentir el detrimento en su patrimonio.
Estos recursos suelen provenir de las arcas de municipios, estados y de la misma federación, y son los que se ven con más frecuencia como apoyos en efectivo o especie.
Sin embargo, hay algo aún peor que un recurso que se desvía para ganar una elección, y esto es un suicidio financiero para las próximas administraciones.
Cuando el partido en turno utiliza la demagogia para ganar votos, vemos con pesar como mucha gente es del pensamiento “de que se lo roben ellos a que me lo den a mí, mejor me lo quedo” y terminan aceptando cualquier programa, aunque no lo necesiten.
Hagamos una breve anotación: a como va la situación económica de México, es muy raro escuchar de alguien que no necesite dinero, pero, una clase media puede desarrollar el hábito del ahorro para cubrir sus necesidades, cosa que alguien de una clase desfavorecida podría ver como un sacrificio mayor.
He escuchado de primera mano los comentarios de algunos de mis alumnos respecto a que recibían becas o apoyos y lo utilizaban para comprar ropa, maquillaje o para hacer una fiesta donde reina el alcohol y los excesos, y ahora nos preguntamos… ¿para eso queremos apoyos sociales?
Lo dije antes y lo diré con más claridad: la demagogia es el cáncer de las finanzas de un país, y quien lo sufre son los mismos ciudadanos que hoy reciben un apoyo para mañana pagarlo 3 a 4 veces en impuestos.
Las consecuencias de esto lo vemos directamente en el gasto desproporcionado del sexenio anterior, que no siendo suficiente con dilapidar todos los recursos que tenía para cada año, acabo con todos los fondos de ahorro, fideicomisos y bienes que vendieron para tener más recursos, incluido el avión presidencial, y a esto le tenemos que sumar la ultra deuda histórica que dejó.
Cada apoyo, cada beca y programa se pagó con más deuda, con recursos que no tenía el Estado y que los contribuyentes tendrán que pagar a corto, mediano y largo plazo por los intereses, esa es la realidad y el porqué es un impuesto a futuro.
La consecuencia la vemos a simple vista, el gobierno de Sheinbaum no tiene recursos para trabajar y tiene que buscar la manera de cobrar más contribuciones para cumplir con los programas sociales a los que ya acostumbró a la gente a riesgo de que de no hacerlo, la gente pierda la confianza en su partido y voten por la oposición.
Este ciclo nos sigue endeudando, incrementa los problemas que enfrentamos y nos condena a que ya no habrá inversiones suficientes en infraestructura para el país, y no me refiero con esto a que no harán obras monumentales, sino a que sacrificarán recursos del mantenimiento del país, como ya lo hemos visto con el sistema de salud en decadencia y el recorte presupuestal a esta área estratégica, o lo veremos también en carreteras en mal estado y escuelas a las que no llegan recursos de ningún tipo.
Este populismo está acabando con el país a pasos agigantados, y si no vemos pronto las estrategias necesarias, aunque impopulares, acabaremos teniendo una severa crisis.
Estas estrategias son similares a las aplicadas por Porfirio Díaz en su momento, como reducir el déficit presupuestario, aumentar los impuestos, reducir los subsidios y mantener lo más bajo posible y solo para quien verdaderamente lo necesite, los programas sociales.
En otras palabras, la izquierda trajo una felicidad efímera, pero con una cruda que duele en lo más profundo y se arraiga en el ser de los ciudadanos. Esta felicidad efímera y tan pequeña se vuelve adictiva, queremos volver a ella, se añora, y entramos en un duelo que se asienta en la depresión… En otras palabras, las medidas populistas se convierten en el opio del pueblo, una droga que causa más daños y estragos que lo que podemos imaginar.
Solo nos queda esperar a que pronto haya un gobierno radicalmente opuesto y que ponga como prioridad sanar al país antes que perpetuarse con migajas a los ciudadanos. Un daño tan grande requiere de una estrategia igualmente dura para recuperar lo perdido.
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