Por Horacio Cárdenas Zardoni
Parece un contrasentido estar hablando de la falta de agua en la capital de Coahuila, cuando ha llovido varios días seguidos, no demasiado, ni parejito, pero sí, como de costumbre, ocasionando las inundaciones, desborde de arroyos, caída de árboles, reblandecimiento de edificaciones de adobe, y otras cosas que la experiencia nos ha hecho asociar a la llegada de la temporada de lluvias. Por fin ¿hay agua o no hay agua?
Y pues sí, hay agua cayendo del cielo, pero como decía una campaña de hace ya bastantes años, Dios da el agua, pero no la entuba, y esa es la triste realidad que estamos enfrentando los saltillenses, que a la hora que abrimos la llave del agua, esta no cae, o si llega a caer, lo hace en una cantidad y con una presión, que difícilmente permite llenar un tinaco, y usamos este como medida de las necesidades satisfechas o no satisfechas de una familia que vive en un domicilio.
Ojalá las cosas fueran así de lineales: llueve, hay agua en la red de distribución, no llueve, no la hay, tan sencillo como eso, pero la realidad no es así. ¿Cuánto tiempo se tarda en que una lluvia que cae, digamos el día de hoy en la Sierra de Zapalinamé, alcance los mantos freáticos que se hayan en el subsuelo, de tal manera que pueda ser extraída, tratada para hacerla potable e inyectada a la red?, si existen esos datos que implican estudios geológicos bastante complejos, no los sabemos, y aunque nos los dijeran, no tenemos la capacidad técnica para comprobarlos. Si nos dicen que una semana, o un mes, o un año, tenemos que creer en su palabra algunas veces sí, nos han dicho que tal año, que fue especialmente llovedor, se logró la recarga de los mantos acuíferos en tal o cual porcentaje, todo para que a la vuelta de pocos meses nos vuelvan a decir que estamos en una crisis mayúscula.
Es esto lo que nos lleva a preguntarnos, a partir de la situación que se vive en el momento actual en la capital y en la región sureste, como también en otras zonas del estado de Coahuila, ¿qué tan viable es el continuar el modelo de crecimiento que ha habido hasta el momento?
Bueno, esto presupone que efectivamente haya un modelo de crecimiento o de desarrollo, que no es lo mismo, pues más nos sospechamos que lo que hay es un crecimiento anárquico basado en un solo hecho: si consigo el permiso para instalarme, el contrato de agua de la red, o lo máximo de las delicias, una concesión para la extracción de aguas nacionales, pongo mi empresa, construyo mi fraccionamiento, si no, no.
Que sepamos, nunca se ha rechazado una solicitud que se presenta al municipio sobre un proyecto para la instalación de una nueva empresa, al menos no en función de la disponibilidad de líquido para sus procesos. A nadie parece importarle que con cada nueva compañía que se instala, con cada nuevo asentamiento que se agrega a la mancha urbana, se presiona la capacidad de los mantos acuíferos para aportar el agua que van a necesitar.
Aunque fíjese el error, caímos en la misma actitud que han tenido las autoridades y los empresarios por muchos años, tratamos al acuífero como si se tratara de un ser vivo, de un ser humano para más señas, al que se puede convencer de dar más de lo que está dando ahorita, y que si se niega o falla en dar lo que se le pide, en la cantidad que se le pide, no favorece los ideales de bienestar de la población, asociados normalmente al crecimiento, hablando de cantidad, y al desarrollo, hablando de calidad.
Saltillo, Ramos Arizpe y Arteaga, deben estar cerca, o ya sobrepasamos el millón de habitantes. De ese millón, son muy pocos los que tienen agua todo el día todos los días, la inmensa mayoría la recibe de la red por tandeo, y no son pocos los que se quejan de escasez, que va de leve a escandalosa, y motivo de protestas, manifestaciones y bloqueos. Eso ahorita.
Pero imagínese que se agregan otros cien mil habitantes, otros doscientos mil ¿tienen los mantos acuíferos de la zona la capacidad de que les extraigan agua para todos y cada uno de ellos en cantidad suficiente, o estamos a la puerta de un racionamiento? Esta palabra da miedo, por lo que hemos visto que se da en otros países en otras épocas, no porque lo hallamos vivido en carne propia.
Porque podemos pensar, hasta cierto punto, que puede darse un crecimiento poblacional, un desarrollo económico de la región, ¿pero con el agua racionada?, imagínese que tiene un buen empleo, que le pagan bien… pero no hay agua para bañarse todos los días…, para preparar los alimentos, para lavar la ropa y otras necesidades elementales ¿vale la pena un nivel de desarrollo de alta competitividad, como los que Saltillo ha venido persiguiendo y logrando en los años anteriores? Tenemos nuestras dudas, severas dudas.
Hasta ahorita nadie ha salido a decir: Saltillo aguanta un crecimiento máximo de 10% a diez años, y no más. Ese es un trompo que ningún político y ningún organismo empresarial se va a echar a la uña, pues contradice el principio de que las posibilidades de crecimiento son infinitas… y resulta que no es así. Casi podríamos decir que ya estamos excedidos, lo recomendable sería bajarle ¿cuánto?, ¿Quién soy yo para decirlo?, ni demógrafo, ni geólogo, pero sí ciudadano que vive aquí. Tal vez, así como muchos han, hemos llegado, muchos tendrán, tendremos que irnos a otros sitios donde mínimo haya agua para todo y todos, aquí ya no la hay, aunque nadie nos lo diga con todas sus horripilantes letras.
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