Tromso, 21/01/25 (Más / IA).- La noche polar, un fenómeno que sumerge al Ártico en semanas o meses de oscuridad casi total, representa un desafío único para los ritmos circadianos humanos y la calidad del sueño. Sin embargo, este periodo de oscuridad también es visto por algunos como un tiempo para la introspección y la conexión con su entorno, adaptándose a una vida distinta durante el invierno.
En regiones como Inari, Finlandia, la noche polar dura seis semanas, tiempo que Esther Berelowitsch, residente local, describe como un periodo de descanso y disfrute: “Me acuesto antes y duermo mejor. No quiero que llegue la primavera”, comenta. Esta experiencia contrasta con la de otras personas, quienes enfrentan problemas de insomnio, tristeza y fatiga debido a la falta de luz solar, síntomas asociados al Trastorno Afectivo Estacional (TAE).
El TAE, caracterizado por falta de energía, somnolencia excesiva y depresión, afecta a entre el 2% y el 8% de la población en Europa, con tasas que alcanzan casi el 10% en el norte de Estados Unidos. Sin embargo, no todas las investigaciones respaldan esta correlación. Un estudio realizado en Tromso, Noruega, con casi 9,000 participantes, no encontró diferencias estacionales significativas en los trastornos mentales reportados.
Un factor clave parece ser la mentalidad frente al invierno. Según la psicóloga Kari Leibowitz, las personas que perciben esta época como una oportunidad para disfrutar de actividades al aire libre o momentos acogedores experimentan un mayor bienestar. Un estudio en Noruega reveló que los indígenas sami, quienes adoptan una actitud relajada hacia el sueño y permiten que los niños autorregulen sus horarios de descanso, son menos propensos a sufrir insomnio.
La calidad del sueño durante la noche polar está directamente influida por la luz. Aunque las auroras boreales y la nieve reflejan cierta luminosidad, la exposición insuficiente a la luz natural puede alterar la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. Estudios muestran picos elevados de melatonina en enero, lo que explica la somnolencia diurna. Para contrarrestarlo, la investigación ha sugerido el uso de visores de luz especializados que simulan longitudes de onda específicas, logrando mejorar el descanso de militares en el Ártico canadiense.
Expertos como Hakan Langstedt recomiendan una iluminación tenue en las noches para preparar el cuerpo para el sueño, mientras que la luz natural, como la de velas, puede ayudar a estimular la producción de melatonina. Además, el ejercicio físico, preferiblemente por la mañana, tiene un impacto positivo en la regulación del ritmo circadiano, disminuyendo la somnolencia durante el día.

El cambio estacional también afecta la duración del sueño. Investigaciones alemanas sugieren que en invierno las personas experimentan un aumento de 30 minutos en el sueño de movimientos oculares rápidos (REM), lo que indica una mayor necesidad de descanso en esta época. La flexibilidad en los horarios laborales y personales podría facilitar la adaptación al ciclo natural del cuerpo.
Además del descanso, la noche polar es un tiempo para el bienestar emocional. Michele Noach, artista que divide su tiempo entre Reino Unido y Vadso, Noruega, lo describe como un periodo para ralentizar y reconectar con amigos: “En el Ártico dicen que durante la noche polar tienes que encender tus luces internas”. La convivencia, la música y las reuniones alrededor de una chimenea ayudan a combatir la sensación de aislamiento y a mejorar el sueño.
Adaptarse a la larga noche polar implica más que cambios en el sueño: requiere también una actitud resiliente y positiva frente a la oscuridad. En palabras de Leibowitz, aceptar y aprovechar este periodo como una oportunidad para bajar el ritmo puede marcar la diferencia entre el agotamiento y el bienestar durante los meses más fríos del año.
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