Ciudad de México, 12/08/24 (Más / IA).- La arqueología astrofísica ha desvelado nuevas historias ocultas en los restos de una antigua supernova, ofreciendo una ventana al pasado cósmico y permitiendo entender mejor la formación de galaxias y la vida en el universo.
Este enfoque científico combina técnicas de observación y análisis para reconstruir eventos astronómicos sucedidos hace decenas de miles de años.
Imaginemos a un artista rupestre de la cueva de Altamira, hace aproximadamente 17 mil años, saliendo en una noche de verano y encontrándose con una nueva y brillante luminaria en el cielo, cerca de lo que hoy conocemos como Altair, en la constelación del Águila. Esa luminaria era el resplandor de una supernova que había explotado unos 18 mil años antes. Solo recientemente, los descendientes de ese artista han comenzado a entender la magnitud de aquel evento estelar.
Hace unos 35 años, astrónomos utilizando radiotelescopios descubrieron una emisión difusa en esa región del cielo, identificándola como una enorme nebulosa de más de 700 años luz de tamaño. Bautizada como la Nebulosa del Manatí o Westerhout 50, esta estructura cósmica debe su nombre a su similitud con el mamífero marino, mostrando una pequeña cabeza, un gran cuerpo con las “patas” delanteras cruzadas y una prominente cola.
En el corazón de esta nebulosa se encuentra SS433, inicialmente catalogada en 1975 como una pequeña estrella. Estudios posteriores revelaron que SS433 es un sistema binario compuesto por un agujero negro ligeramente más masivo que el Sol y una estrella compañera con una masa 10 veces superior. Estos dos astros orbitan entre sí cada 13 días, separados por una distancia equivalente a un tercio de la que existe entre el Sol y Mercurio.
Más allá de la fascinación que genera la presencia de un agujero negro, SS433 destaca por emitir dos estructuras espirales opuestas que se extienden hasta 30 años luz. Estos son chorros de electrones relativistas, partículas que viajan a un cuarto de la velocidad de la luz y forman patrones espirales debido a la rotación del sistema, similar al movimiento de una manguera en giro.
La energía de estos electrones supera con creces lo alcanzado por el Gran Acelerador de Hadrones (LHC), mostrando fenómenos que solo pueden ser explicados mediante la teoría de la relatividad.
Recientemente, telescopios de rayos gamma han detectado emisiones en los extremos de la Nebulosa del Manatí, alineadas con los chorros de electrones pero situadas a distancias de entre 75 y 200 años luz del agujero negro, más allá de los límites previamente conocidos. Estas emisiones sugieren la existencia de procesos de aceleración de partículas aún no comprendidos completamente, actuando como aceleradores naturales en el espacio profundo.
Estos descubrimientos no solo enriquecen nuestra comprensión de fenómenos estelares específicos, sino que también aportan información valiosa sobre la formación de galaxias y la aparición de la vida en el universo. La arqueología astrofísica continúa revelando capítulos ocultos de la historia cósmica, demostrando que incluso un solo objeto puede narrar historias extraordinarias cuando se observan con la profundidad y el detalle adecuados.
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