por Horacio Cárdenas Zardoni
Siempre son útiles las referencias cinematográficas. Hay montones de películas, sobre todo norteamericanas, sobre todo de bajo presupuesto, que tratan sobre el tema de las aventuras que viven los personajes de la trama al atravesar algún pueblito perdido en cualquier estado de esos que tienen nombres chistosos. Todo comienza con un policía quien a bordo de su flamante patrulla, no con como las de acá que desde nuevas parecen a punto de chatarra, les marca el alto, preguntándoles con esos aires de superioridad que seguro vienen en el gen 11 del ADN de todos los tecolotes del universo, ¿qué, no vieron el letrero del límite de velocidad? De lo que se desprende lo que sea: una cinta de horror, una de zombies, una truculenta historia de amor, secuestros, tráfico de personas, lo que se imagine.
Lo que es de llamar la atención es la constante: todo comienza con un acto de corrupción policiaca, toda vez que el mentado letrero del límite de velocidad claro que existe, pero mañosamente es de tamaño minúsculo o está oculto tras las ramas de algún árbol, o cualquier subterfugio así, lo que importa es que el detenido, por lo general un jovenzuelo con cara de inocente, un tanto aletargado, por no usar el lugar común de que parece conejo lampareado. Por supuesto sus acompañantes le cargan la mano, como venían haciendo todo el camino y en parte por eso no vieron la señal de tránsito.
Me tienen que acompañar a la delegación… y allí comienza todo. En los casos extremos, ya cuando el subgénero estaba bastante exprimido, los héroes descuben un despeñadero donde van y tiran los carros y hasta los cadáveres de las víctimas de los malos del pueblo, quienes tienen generaciones viviendo de lo que le quitan a los viajeros, a veces ni generaciones ¡son los mismos!, que viven eternamente gracias a la sangre que le beben a los desafortunados incautos…
Eso en cuanto a las películas del segmento “B”, pero como sabemos, la realidad siempre es peor que la ficción. En nuestro México y en nuestro Coahuila tenemos ejemplos lastimosos de cómo las policías, esas que copiando a los gringos decoran sus patrullas con frases como “proteger y servir”, y banalidades semejantes, se han dedicado, por épocas, a hostigar a la gente que pasa por determinados puntos bajo su jurisdicción, o aun fuera de ella. Recordamos al tristísimamente célebre BARAPEM, el Batallón de Radiopatrullas del Estado de México, que llegó a hacer escuela. Con eso de que el EdoMex rodea a la capital del país por tres flancos, era casi imposible evadir a las patrullas, que le bajaban a uno cuanto dinero trajera, y es que se comunicaban para que sus compañeros más adelante lo siguieran extorsionando con el mismo pretexto, eran gachos, más que la Federal de Caminos, de también triste memoria, y bueno, acá en Coahuila, la policía de Castaños se hizo famosa a escala continental, pues durante trienios hicieron de parar a los paisanos su minita de oro. Los agarraban de venida, los volvían a agarrar de ida, y al fin de pueblo como eran, hasta a la misma gente a bordo de vehículos con placas de Coahuila pasaban por la báscula, pues sabían que el carro no era de la gente del municipio, a la que apretaban solo en tiempos de secas. Los balconearon en noticieros de televisión nacionales, y los paisanos pasaron el reporte a periodistas de los Estados Unidos, de nada les valía, ellos seguían en lo suyo, hasta que coincidiendo con un cambio de administración municipal, pararon las extorsiones, al menos las que se daban sobre la carretera que va y viene a Piedras Negras.
Y uno pensaría que en Saltillo las cosas eran diferentes, pero desafortunadamente viene a resultar que no es así. Aquí también se cuecen habas, pero lo hacen de tal manera que no haya protestas, no demasiadas, que al fin de cuentas la administración municipal tiene como uno de sus más caros objetivos el seguir cosechando reconocimientos como una de las ciudades más seguras del país, y entre las capitales, la número 1, así de modestos somos.
Cabría preguntar ¿la corrupción policiaca cuenta en la estadística de la inseguridad?, no sabríamos decirlo a ciencia cierta, capaz que lo arrejolan a otro indicador menos vistoso, como gobernanza, transparencia u otro por el estilo, eso es lo de menos, lo que sí es relevante es que la corrupción existe en los cuerpos policiacos, específicamente los encargados de tránsito.
Todo el mundo que pasa por Nazario Ortiz Garza lo puede comprobar, por lo menos en el turno de la mañana, cuando más cargado está el tráfico en los famosos “puentes de la gente”, que convirtieron a bulevar Nazario Ortiz Garza en una serpiente que sube y baja, y que en determinados puntos se bifurca, por el carril derecho o por el izquierdo, y es en uno de estos donde la cosa está de veras del cocol. Allí adelantito del SAMs Club, yendo hacia el cruce con periférico Luis Echeverría, prácticamente no hay hora del día, ni día de la semana, en la que no haya uno, dos, tres vehículos detenidos, y sus conductores en diálogo con los agentes de tránsito. ¿Cuál es el pecado cometido?, ah pues ese que los locales ya se tienen bien sabido, aunque a veces también a ellos se les barra, digo nadie es perfecto: para tomar el paso deprimido que conecta a Nazario con Echeverría, hay que tomar sus providencias, ¿Cuáles?, pues cargarse al carril de “alta”, el de la izquierda extrema, ya que de alta no tiene más que la burla, y eso hay que hacerlo desde tres puentes antes, de preferencia desde allí por enfrente de Galerías, aguantándose los claxonazos y mentadas de madre de todos los que creen que el último carril es para ir más rápido… ilusos, en Saltillo es porque van a hacer la fila para el deprimido y ay de aquel que se meta, porque allí están los rapaces agentes de tránsito para que pague su pretensión de adelantársele a los que sí van a vuelta de rueda.
Realmente no conocemos esa parte del reglamento de tránsito y vialidad ¿de veras hay una multa por meterse en la fila?, igual sí, pero lo correcto allí, y ya que ponen agentes de tránsito antes de la barrera que separa el carril de acceso al deprimido, con una amonestación debería bastar, ¿pero cómo dejar pasar tan suculento negocio?
Si para por allí, fíjese: los carros detenidos por haber intentado meterse, rara vez tienen placas de Coahuila, son siempre de fuera, Nuevo León, Durango, Tamaulipas, y de sitios más lejanos, no se les escapa nadie. Los paran, les piden sus documentos, les informan de la infracción cometida y el clásico ¿cómo nos arreglamos? En realidad ni una amonestación verbal haría falta, pero tampoco son para dejarlos ir así limpios, con la seña de sálgase de la fila a la que se metió debía bastar. Pero no, ya metieron la pata en Saltillo y los policías locales harán que recuerde haber cometido un error en la capital coahuilense.
Por si fuera poco, los policías obstruyen con su unida’, un carril de tránsito por la lateral, precisamente donde se angosta, y aguas con reclamarles algo, porque para eso son la autorida’… nunca tan cierto el corrido de Agustín Jaime, bonito Saltillo, nomás de pasada… porque para quedarse, está de la ching… y si se puede, mejor evítelo, porque los tránsitos están de miedo, y no se les va un foráneo vivo.
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