Vendedores de humo 1. Elizabeth Holmes y Theranos

ENRIQUE ABASOLO

Si usted mira una foto de Elizabeth Holmes quizás no pueda resistirse al encanto de una chica caucásica (hoy de 39 años), rubia, guapa, sonriente.

​Encantadora y segura de sí misma, con un aspecto ejecutivo pero no acartonado, como una versión femenina y joven de Steve Jobs, lo más probable es que usted terminase por comprar cualquier cosa que ella intentara venderle, desde un cepillo revolucionario para blanquear sus dientes y también el inodoro, hasta un boleto para la salvación eterna.

​Y si usted no sabía o no recordaba a quién me estoy refiriendo probablemente ya la “googleó” y descubrió que detrás de esa límpida fachada se escondía una de las peores defraudadoras de la historia de los EEUU que, aunque no son pocas, le guardan un destacado lugar no sólo por su habilidad psicopática para sostener una mentira tal que cualquier otro no habría podido aguantar por dos minutos sin desmoronarse, sino por haber llevado su estafa hasta las más altas esferas del Gobierno de los EEUU.

​Holmes era la jovial y dinámica  CEO de Theranos, una empresa dedicada a la “innovación” tecnológica en el área de la salud.

​Para no hacerle el cuento largo, Holmes convenció a medio mundo, entre periodistas, inversionistas y políticos, de que se encontraba en la etapa final de desarrollo de una plataforma de diagnóstico médico gracias a la cual era posible hacer la evaluación clínica más completa y exhaustiva de un individuo a partir de una muestra tan pequeña como una gota de sangre.

​Así como el chiste aquel del sommelier increíble, a partir de una gota de sangre el sistema de Theranos arrojaría (según esto) el más completo perfil de un paciente: le diría lo que cenó el viernes de la semana pasada, lo último que vio en Netflix e incluso si su esposa, esposo o espose se lo estaba haciendo pendeja, pendejo o pendeje.

​Como ya imaginará, todos estaban maravillados y, dado que la cara de Theranos era una chica simpática, bonita y blanca, era obvio para cualquiera que se trataba también de una persona honesta.

​Resultó ser, sin embargo, que la gente que medio le entiende a eso de la ciencia, investigadores y prensa realmente especializada en temas relacionados, arquearon las cejas y dijeron: “Un momento… la tecnología para lograr eso que la güera promete no existe -¡vaya!- pero ni de cerca”.

​La diferencia entre caer o no en el engaño la hace  la alfabetización científica  (y esa no la dan los artículos y “documentales” que pululan en publicaciones, redes y plataformas, con los que cualquier menso se siente luego con autoridad para sostener que “él no se vacuna porque no sabe cómo se elaboró el suero”… ¡Exacto, zopenco!: ¡No sabes!).

​La alfabetización científica permite conocer con alguna certeza en qué punto del desarrollo tecnológico se encuentra la humanidad en un área específica y saber también con cierto grado de precisión si una promesa como la que hizo Holmes es factible, un sueño guajiro o un mero embuste igual que sus propósitos de Año Nuevo.

​Pero, como suele suceder, la gente con una voz realmente autorizada es la última en ser escuchada. Y dado que la señorita Holmes estrechó lazos hasta con la administración de un Barack Obama preocupado por implementar su legado en el área de la salud, el famoso Obama-Care (como un Insabi pero bien planeado), el mundo dio por sentados los milagrosos avances reportados por Theranos, sin que nadie asumiera como propia la diminuta incomodidad de ir a verificar si lo que estaban ofreciendo era sencillamente posible. ¡Sorpresa: No lo era! (No era factible y la verdad es que tampoco era sorpresa).

​La revista Forbes llegó a tasar, en 2015, el valor de Theranos y del imperio de Holmes en 9 mil millones de dólares.  Pero tras los meses de cuestionamientos e investigaciones que derivaron en el escándalo y consecuente juicio por defraudación masiva, Forbes rectificó el valor de la compañía en CERO absoluto.

​Hoy la lacra Holmes purga una sentencia penitenciaria de once años junto con su co-emprendedor y marido, y están obligados a restaurar 450 millones de dólares a sus incautas víctimas.

Análisis posteriores del lenguaje corporal de esta estafadora  (ya ahogado el niño) han encontrado en la mirada imperturbable y maquinal sonrisa de Holmes algunos rasgos típicos de los narcisistas psicópatas más peligrosos, sujetos que por lo demás resultan siempre personas encantadoras.

​Para los empresarios es muy importante basar sus decisiones en un conocimiento objetivo y racional del mundo con el mero y elemental propósito de que un timador no venga a robarles una fortuna; como también lo sería para la prensa y líderes de opinión, para que no acaben haciendo un ridículo supremo como meras cajas amplificadoras sin sentido crítico y juicio propio, replicando cualquier embuste. Y no se diga ya de la importancia que esto mismo reviste para el público en general, pues los charlatanes, además de los riesgos financieros que necesariamente entrañan, ponen en peligro la salud y la vida misma de las personas (por más que algunos aleguen que un poco de eugenesia no nos vendría mal).

​Intente entonces dimensionar ahora la trascendencia que pueda tener para un gobierno la toma de decisiones basadas en los datos duros, en los hechos demostrables, en los consensos científicos más actualizados.

​Basar una política en convicciones personales o creencias pseudocientíficas sólo puede elevar las perniciosas consecuencias de una defraudación (los riesgos económicos y para  las vidas humanas) a la escala de lo masivo.

​Peor todavía cuando la decisión está tomada con base en el carisma, liderazgo aparente o personalidad pública del “emprendedor” que nos está prometiendo la próxima revolución científico-tecnológica con más saliva que hechos demostrables.

​Íbamos a hablar aquí de un Gobierno que estaría siendo timado al día de hoy  por un personaje tan perverso, oscuro y abusivo como la vendedora de humos, Elizabeth Holmes, nomás que sin lo bonito o lo simpático, nomás lo psicópata e inescrupuloso.

​Pero por cuestiones de espacio, ello tendrá que ser en la siguiente entrega. ¡Cuento entonces con el favor de su lectura!