Este valle que alguna vez fue verde

ENRIQUE ABASOLO

En 1942 la ceremonia del Oscar ya era polémica (ahora sólo es barata y ridícula). En ese año la película “¡Qué Verde Era mi Valle!” (John Ford) derrotó en prácticamente todas las categorías a la favorita de todos los tiempos, “Ciudadano Kane”, que sólo se alzó con el mejor guión original (del talento de H. Mankiewicz y bajo la indecible presión de Orson Welles).

    La gran ganadora fue la cinta de Ford, incluyendo el premio a mejor película. La vi en años recientes cuando comencé a comprar cine en DVD, pensando ingenuamente que tal sería el formato definitivo para preservar nuestras gemas fílmicas. Hoy estos discos son básicamente basura.

    Esta peli describe la vida casi idílica de un pueblo galés de principios del siglo pasado, a través de la mirada de un niño, Huw Morgan, interpretado por un jovencísimo Rody McDowall (“El Planeta de los Simios”, “Fright Night”).

    El drama familiar se vuelve social cuando el argumento se vuelca sobre las condiciones laborales de los mineros del pueblo (cuya actividad económica primordial y sustento de sus habitantes es la extracción del carbón) y se torna en tragedia hacia el final cuando una explosión en uno de los pozos devora las vidas de los trabajadores en labores.

    No es casual que los mineros alrededor del mundo hayan sido los principales conquistadores de derechos para la clase trabajadora. Y es que sus condiciones laborales históricamente han sido recibir una bicoca a cambio de arriesgar la vida todos y cada uno de los días que se adentran a las entrañas de la Tierra, por no mencionar el progresivo deterioro a la salud que esto representa.

    Bajé alguna vez al interior de una mina de carbón y es algo conmovedor. Sí, hay un riesgo inherente, pero uno lo corre con gusto, pues unos minutos aleatorios allá abajo son un precio razonable a cambio de una experiencia fascinante.

    Pero correr el mismo riesgo, todos los días, durante largas jornadas, con el paso de los años, imagino que termina por anestesiar la sensación de inseguridad. Y no estoy diciendo que olviden el peligro latente que corren, pero en algún cajón subconsciente habrán de meterlo para preservar la cordura.

    El riesgo sin embargo no desaparece jamás y un día se manifiesta con una explosión, un derrumbe, una tragedia.

    Aconteció la tragedia de Pasta de Conchos y por supuesto reflexioné en su momento en éstas y otras cosas relativas. Pasaban los días y los medios y los gobiernos jugaban con nosotros con la idea de que tal vez, los 65 mineros pudieran estar vivos, esperando a ser rescatados.

    Hasta que llegó un día en que todos admitieron que cualquier probabilidad de supervivencia era sencillamente imposible: la lucha se convirtió entonces en un reclamo de justicia y el rescate de los mineros no era ya por su vida sino por su dignidad.

    Transcurrieron 16 años, desfilaron cuatro presidentes e igual número de gobernadores coahuilenses, y mucho me pesa informarle que no hubo ni justicia ni dignidad para Pasta de Conchos. Sólo burocracia y asambleas y comités y acaso alguna conmemoración solemne.

    Recorría el territorio mexicano por aquellos años un auténtico paladín, un luchador social, un campeador de las causas de la izquierda, es decir, las que están por definición comprometidas con la clase trabajadora.

    Era su nombre Andrés Manuel López Obrador. Sí, se llamaba exactamente igual que el hoy Presidente. No supimos qué le sucedió, pero desde luego que en su momento hizo de la tragedia de Pasta de Conchos una de sus muchas banderas y es que su gran estrategia era sumar a su movimiento tantas causas probadamente justas como le fuese posible.

    Sin compromiso con la entonces clase gobernante, podía exigir, denunciar, incriminar incluso.

    Pero hoy que su homónimo está al frente del Gobierno, no sabemos dónde quedó el Andrés Manuel original, el luchador social. Peor aún, no sabemos qué fue de su movimiento, que parecía una sólida amalgama cívica y sin embargo se disolvió tan pronto pasó la algarabía del 2018.

    El López Obrador de la campaña, prometió rescatar los cuerpos de los 63 mineros faltantes. Después de recibir un dictamen sobre lo costoso y arduo del rescate de los cuerpos, ofreció continuar con las labores de recuperación a través de CFE (lo que podría prolongarse hasta por una década y tener un costo millonario aún sin determinar) o convertir la mina en un memorial para las víctimas.

    Pasta de Conchos es una trágica historia que aún no escribe su última página.

    Considero, muy en lo personal, que la única manera de dignificar la vida y muerte de un minero, es que su tragedia contribuya a mejorar las condiciones laborales, la seguridad, los contratos colectivos y las prestaciones de todos los que vienen detrás de ellos, al menos en su entorno, en su región.

    Me temo que Coahuila no ha mejorado en absoluto las condiciones de sus trabajadores mineros, de 2006 a la fecha. En realidad, la muerte en las minas es mucho más frecuente de lo que nos enteramos, pero tiene que ser una tragedia colectiva para que trascienda a los noticieros.

    MORENA, el partido de López Obrador (candidato y Presidente) hizo senadores a Napoleón Gómez Urrutia, personaje imprescindible para entender la realidad de la actividad minera en México; y a Armando Guadiana Tijerina, el multimillonario coahuilense que ha hecho fortuna en este ramo tan castigado históricamente.  Guadiana Tijerina tardó once horas en subir un pronunciamiento anodino sobre el derrumbe e inundación de la mina en Sabinas, que el 3 de agosto atrapó a una decena de mineros.

    Y en su maratón diario de sandeces y sinsentidos, conocido como “la mañanera”, el Presidente se pronunció por garantizar el rescate de los mineros antes que comenzar a buscar responsables-culpables por esta desgracia.

    Demagogia pura. ¡Qué acaso no se pueden hacer las dos cosas simultáneamente! ¿No hay suficientes manos y cabezas en el País para que las dos cosas puedan estar ocurriendo de manera simultánea?

    Esa hipocresía sólo puede ser síntoma de encubrimiento y ya sabremos a quién busca proteger Andrés Manuel Presidente, desde luego, serán aquellos de quienes haga la defensa más tenaz ante la crítica y las acusaciones.

    Tiene razón, la prioridad es de momento rescatar tantas vidas como sea posible, pero llegará el momento en que esa búsqueda concluya (con buenos o terribles resultados) y entonces, sólo tendrá un expediente más sobre su escritorio al que estar contemplando y sacándole la vuelta. Mismo escritorio donde irónicamente yace sepultado el desastre de Pasta de Conchos desde hace 16 años.