Mini-AMLOs

Por Enrique Abasolo 

Donald J. Trump es un poco como la COVID… Llegó para quedarse.

    Así es, por más que nuestro optimismo nos haga pensar a ratos que ambas pandemias son asunto superado, lo cierto es que ni uno ni otra han sido erradicados y en cualquier momento nos pueden dar una nueva desconocida.

    En el caso del covicho, por ejemplo, pese a que la campaña mundial de vacunación logró reducir drásticamente la tasa de mortalidad del virus (que ya andaba bateando arriba de .400 ) y pese a que las nuevas cepas son aparentemente menos agresivas con su huésped (lo que favorece la supervivencia de ambos), no estamos lejos de nuevos brotes, nuevas olas, nuevos picos de contagios, que nos obliguen a endurecer otra vez las consabidas restricciones de la nueva normalidad, ya sabe usted, para proteger a los más disminuidos física o mentalmente (por aquello de los antivax).

Y, en el caso del Maguila Gorila del ultraconservadurismo, no sólo hay una real oportunidad de que Mr. Trump vuelva a contender en 2024 y con ello exista una probabilidad tan plausible como remota, de verlo instalado nuevamente en la presidencia del país más pendejo del mundo.

Hay además de todo lo anterior un movimiento derivado de su “filosofía” o “ideales” políticos, pero sobre todo de su estilo de posicionamiento, eminentemente mediático y cuyo principal vínculo con los electores se crea a través de la explotación de sus fobias sociales más primitivas, por no hablar del empleo de un discurso eminentemente nacionalista, en el que existe una conspiración para que los EEUU no lleguen a cumplir el rol que Dios dispuso para ellos.

Hay ahora por todo Estados Unidos una camada de políticos de ultra derecha que, viendo lo redituable que le resultó al zoquete anaranjado inflamar los corazones de los gringos con demagogia, han decidido emprender su propio camino por la que parece ser la senda del éxito en la política gringa.

A esos políticos emergentes que, reconociéndose o no como herederos y guardianes del legado de Trump, utilizan sus mismos argumentos y estrategias de confrontación para ganar adeptos rápida y masivamente a través del discursos populista, se les llama mini-trumps. 

Así que, ya sea en la persona del misísimo Donald Trump, o en la de alguno de sus discípulos o agentes libres inspirados por su fenómeno, el trumpismo no puede ni debe ser dado por muerto. Está más vivo que nunca y se expresa en movimientos locales, muschos de los cuales abrazan las conspiraciones más absurdas, las cuales al parecer hacen perfecto maridaje con la plataforma política del hoy ex presidente anaranjado.

En México (!oh, sí!, ¿o a poco pensó que nos íbamos a ocupar sólamente de los gringos?) sucede por necesidad algo similar:

El político más exitoso de los últimos años, es sin duda el hoy presidente Andrés Manuel López Obrador. No sólo lleva tres décadas siendo vigente, además de relevante, sino que nadie como él pudo aglutinar tal cantidad de votantes, adeptos y fieles, que no son necesariamente lo mismo.

AMLO consiguió sumar el voto del descontento con el régimen PRI-PAN, además de aglutinar a la corriente intelectual y política de izquierda (aun siendo López un conservador, la izquierda se sintió lo mejor representada de lo que estuvo mucho tiempo en las urnas, desde Cuauhtémoc Cárdenas); además de otros sectores populares que se fueron integrando a la “mancha voraz” que era su movimiento.

Sin embargo, su conexión fuerte con el pueblo de México se establece a través de su discurso, uno en el que existe también una conspiración para despojar al pueblo de sus recursos, sus libertades y su voluntad.

Desde luego, él y sólo él tiene el valor por ir en contra de los culpables de la catástrofe nacional (en realidad, fuera de Felipe Calderón, contra quien tampoco procede legalmente, nunca señala a nadie).

En su narrativa, México existe como nación desde antes de la Conquista y el resultado de dicha colisión de culturas no fue nuestro nacimiento como nación, sino el inicio de nuestra ruina, que ha sido sistemáticamente perpetuada por las distintas élites del poder, en sucesión: primero la Corona Española, luego las castas superiores, los conservadores, los fifiís, los dueños del capital, los neoliberales y nuevamente Felipe Calderón.

Así que una vez en el poder, todo es culpa de alguien más. Para afrontar a todo problema, bástele apuntar con su dedo flamígero a cualquiera de los antes mencionados. Es más, podría meter sus nombres en una sombrero y sacar cualquiera de ellos al azar cada vez que se le hiciera algún cuestionamiento.

-Oiga, Presidente: ¿Qué hay del desabasto de medicamentos?

-¿Por qué no le preguntan al Rey de España? Él debe saber dónde quedaron las quimioterapias que le robaron a Moctezuma.

-Señor Presidente, se dice que el meteorito que mató a los dinosaurios cayó en la Península de Yucatán.

– Sí, pero es que pactó con Felipe Calderón.

Y así… ad vitam.

Hablamos de un político que en campaña se siente como PejeLagarto en el agua, porque como candidato nada es absolutamente su responsabilidad, en cambio como Presidente, no es que los problemas sean todos su culpa, pero sí tiene que responder por todos ellos y eso le causa mucho fastidio, desasosiego y muina.

¡Y ay de aquellos que se atrevan a recordarle que los problemas heredados también son su problema en la actualidad, porque entonces se convierte en automático en un enemigo jurado del régimen y sobre todo del iluminado que lo encabeza!

Bueno, pues así como hay mini-trumps, era inevitable que surgieran los mini-amlos, es decir, políticos que jugarán con la misma estrategia de fabricar culpables para todos los problemas y sacar raja de las fobias y demás sentimientos de intolerancia de una comunidad, además de responder, como candidato, con un dicho colorido y pegajoso para cada problema que se le plantee, una respuesta cargada de buen humor y optimismo; aunque cuando se le vuelva a hacer la misma pregunta, una vez en el cargo, su reacción será muy distinta y hará lo que sea por deslindarse de ella.

Tenemos a Samuel García, el primer gobernador youtuber de México, quien desde su torpe manejo en el caso de la joven asesinada, Debanhi Escobar, se dio cuenta que ser jefe del ejecutivo de su entidad no es tan sencillo como publicar estupideces y videos jocosos en sus redes sociales, y que las crisis no se resuelven largando frases absurdas con su acento de regio en modalidad cagante.

Ahora que Nuevo León afronta la peor sequía de su historia reciente, las respuestas que ofreció a su ciudadanía, a quienes votaron por él, desmarcándose de cualquier clase de responsabilidad para gestionar un mejor abasto o distribución del agua. No, su respuesta fue: “A mí me están cayendo las mentadas de madre y lo del agua a mí no me corresponde”, palabras más, palabras menos.

Con qué facilidad se exime de cualquier deber como gobernante este niñato mitad malcriado, mitad estúpido. La calidad de la respuesta es escalofriante de tan indolente, tan indispuesta y tan poco solidaria para con la gente.

Pero él sólo está aplicando (a su manera) la fórmula que perfeccionó el Presidente de México: “Eso no es mi culpa”, “ya estaba así cuando yo llegué”, “pregúntenle a la administración pasada”, “eso a mí no me toca”, “soy el presidente más atacado desde Madero”, etc. Hay mil maneras de enunciarlo.

Samuelito García es desde luego un mini-amlo (y desde luego que veremos surgir más y más cada vez) y ni cómo extrañarnos por ello si, después de todo, sólo estarían siguiendo el ejemplo del político más exitoso de México de los últimos tiempos.