El prototipo del criminal

María Jesús Ribas

EFE Reportajes

¿En qué se diferencia la mente de un criminal de la de aquellas personas que no cometen delitos graves? Investigadores alemanes desentrañan el perfil conductual, psicológico y cerebral de las personas que toman malas decisiones perjudicando a otros al seguir el impulso de satisfacer sus necesidades personales.

Las personas que se caracterizan por no preocuparse por el bienestar de los demás, que tienen un bajo cociente intelectual y que además consumen drogas con frecuencia, tienen más posibilidades de cometer crímenes, según las investigaciones de la Universidad Ruhr Bochum (RUB) en Alemania.

Aunque no todas las personas con estas características se convierten en criminales, sí que corren más riesgo de llegar a serlo, ya que les resulta mucho más fácil tomar una mala decisión, llevadas por el impulso de satisfacer sus necesidades personales, según el profesor Boris Schiffer, de la RUB (www.ruhr-uni-bochum.de/en). 

El profesor Schiffer investiga a un tipo de persona muy inusual: aquellas que llaman la atención incluso desde la infancia debido a un comportamiento delictivo. “A menudo están en conflicto con la ley una y otra vez a lo largo de sus vidas. Carecen de sentido de responsabilidad y remordimiento. Explotan a los demás para su propio beneficio. Para ellas nada es más importante que la satisfacción inmediata de sus propias necesidades, incluso a expensas de otros”, señala.

PERSONALIDAD DISOCIAL.

En casos como estos, expertos como Schiffer, director del departamento de psiquiatría forense en dos hospitales de Bochum, diagnostican un trastorno disocial de la personalidad (TDP).

Según Schiffer hay otros factores que allanan el camino para una carrera criminal, como el coeficiente intelectual, que, según sus investigaciones, en los reclusos con TDP, está de media diez puntos por debajo del promedio de la población. Además, la mayoría de las veces estas personas abusan de las drogas, puntualiza. Las personas con TDP son polifacéticas, siendo responsables de la mayoría de los delitos penales, como los delitos contra la propiedad, el robo y los crímenes sexuales, señala.

El profesor Schiffer entró en contacto con este tipo de criminal durante sus trabajos para la peligrosidad de los delincuentes y las probabilidades de que vuelvan a delinquir tras salir de prisión.  “El pronóstico para los delincuentes con TDP es malo”, según ha comprobado. “Son difíciles de tratar, porque carecen de una brújula moral. Solo se puede intentar que efectúen un análisis de tipo ‘costo-beneficio’ para que determinen por sí mismos si su comportamiento delictivo vale la pena en comparación con los beneficios de comportarse a favor de la sociedad”, apunta. 

Schiffer investiga si podría existir algún criterio objetivo para determinar la peligrosidad de estos delincuentes y las posibilidades de que reincidan, en base a su actividad y estructura cerebrales.

“Si esto fuera posible, podríamos evaluar si una terapia psicológica para la reinserción de un delincuente en la sociedad es exitosa”, señala Schiffer.

Para comprender el TDP y sus efectos con mayor detalle, el equipo de Schiffer utilizó imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) una tecnología que permite observar el cerebro en funcionamiento, al identificar las áreas de mayor y menor actividad, en función del flujo sanguíneo.

DIFERENCIAS CEREBRALES.

En los experimentos con fMRI se les mostraron a los participantes de la prueba secuencias cortas de imágenes en las que interactuaban el perpetrador de un delito y su víctima.

Previamente se instruyó a los participantes para que se pusieran en el lugar de una u otra persona. Posteriormente, se les preguntó cómo se sentían y cómo evaluaban los sentimientos de las personas observadas en las secuencias de imágenes.

Para participar es estos ensayos se reclutaron tres grupos de personas: delincuentes con TDP diagnosticado, un grupo de individuos sanos y otro grupo de adictos a sustancias que nunca habían cometido delitos u ofensas.

Aunque la evaluación de los estudios no está completada, han mostrado que las personalidades disociales se identifican con el perpetrador de un delito en lugar de con la víctima.

Además, los científicos sospechan que el cerebro de los criminales podría presentar algunas peculiaridades o diferencias estructurales en áreas relacionadas con la empatía y los problemas de adicción, 

Esto todavía no ha podido confirmarse, porque las posibles diferencias en la estructura cerebral de las personas disociales y las personas sanas son muy leves.

En cambio “si se compara el cerebro de una persona con un coeficiente intelectual (IQ) medio con el de otra con un IQ reducido en diez puntos, se observan unas diferencias enormes, apunta Boris Schiffer.