EL FUTURO DE COAHUILA….

ENRIQUE ABASOLO

    Una de las mayores preocupaciones para el vivales político y gente que quiere estar siempre pegada al presupuesto en general es el saber anticipadamente cuál grupo o partido será el hegemónico en el futuro inmediato y también a largo plazo.

    ¿Será que estoy jugando en el equipo correcto?, ¿milito en la divisa ganadora, o es que mi equipo está destinado al fracaso y a su eventual extinción?

    Nada del otro mundo, cualquier individuo en cualquier ámbito quisiera asegurarse de que su empresa está encarrilada en la senda del éxito para beneficio de quienes en ella participan.

    Aunque, desde luego, en el mundillo de la política y el servicio público la preocupación por conocer de antemano cuál será la tribu dominante es todavía mayor.

    ¿Por qué?

    Por la tragedia que supone terminar en un proyecto perdedor, no favorecido: Tener que trabajar.

    A algunos se les “encuera el chino” nomás de pensar en la posibilidad de tener que ‘chingarle’ por un salario de godínez durante todo un sexenio, así que darían un riñón por saber con antelación a quién deben arrimársele, a quién hacer compadre, a qué ‘calefacto’ besarle la mano, a cuál candidato apostarle, pero saber también cuándo hay que bajarse del barco en el que tan plácidamente se surcan aguas en apariencia imperturbables.

    Se dice que, por ello, las supuestas artes de adivinación, precognición y nigromancia son muy populares entre la clase política, lo mismo que los amarres, embrujos y ‘trabajitos’. Nomás para que se haga una idea de la calidad de la gente que nos desgobierna.

Nada es eterno, ya lo ve usted, y ni siquiera el PRI duró para siempre. Claro, sabemos que el Revolucionario no se crea ni se destruye, sólo se transforma en MORENA. Aún así, hay que saber cuándo se llegó la hora de dar las gracias y anunciar que “nuestras más firmes y personales convicciones nos obligan a sumarnos a la causa y proyecto transformador del insigne camarada Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, para quien pido un fuerte aplauso: ¡Y que se oiga! ¡Es un honor…!”

Así es, hasta el más fiel y leal militante tricolor (y quizás precisamente por ser priista) sabe que “hay que estar siempre con el campeón… hasta que pierda”.

Pero… pero… pero…. ¿Qué con Coahuila? ¿Qué con una Entidad regida con absoluto control, por un partido que fuera de los límites de esta comarca está virtualmente extinto?

¿Qué es lo procedente?, se debe estar preguntando más de un priista coahuilteco. ¿Resistimos un sexenio más?, es decir: ¿Nos la jugamos todavía la próxima elección con el tricolor, o sacamos de una vez nuestra credencial del Club Amigos (con derechos) de Mario Delgado?

La pregunta realmente no es tan ociosa, como que sólo responda a los individuales intereses de sujetos que no saben hacer otra cosa que decir “yes, sir!”.

En realidad, a todos concierne saber de qué color se podría teñir una administración estatal como la nuestra, cuya continuidad unipartidista ya va para un siglo. A un régimen así ya le crecen instituciones dentro de las instituciones. No nos vendría mal prevenir un brusco viraje.

Pero hagámoslo pues por esos zánganos gaznápiros presupuestívoros que están temerosos del futuro, presas de la incertidumbre. Tratemos de vaticinar: En las próximas elecciones… ¿Se refrendará el PRI en el Gobierno Estatal, una vez más, o pasará Coahuila a acrecentar el imperio morenazi?

Sepamos (admitamos, reconozcamos, dejemos en claro) primero, que la sucesión en Coahuila no depende de la calidad de los contendientes, del desarrollo de las campañas y mucho menos de la voluntad popular (¿voluntad popular? ¡Qué es eso!, preguntamos los coahuilenses).

En realidad, y como un modelo a escala del priato nacional, la sucesión depende de la conveniencia del mandatario saliente. Y pasa que, hasta la última elección gubernamental pasada, la conveniencia del mandatario siempre estuvo en consonancia con los intereses del partido: Lo que es bueno para el góber, es bueno para el PRI (y viceversa). Pero hoy no es necesariamente de esta manera.

Miguel Riquelme puede hacer lo que todo priista consideraría leal, lógico y hasta “decente”: Designar un sucesor, promoverlo y allanarle el camino (prácticamente llevarlo en hombros) hasta el Palacio Rosa.

Y eso está bien… bien para el partido… bien para el sucesor y bien para los que se arrimen a su candidatura… pero, ¿y el góber…? Es decir: ¿Y el góber que sale?

Como bien sabemos y para nadie es misterio, un mandatario saliente lo que necesita es protección, un sucesor afín que le cuide las espaldas, que soterre sus errores, omisiones y desactive cualquier posible acción de la Justicia en su contra.

Pero un nuevo gobernador, por muy leal que sea a las tradiciones de su partido, siendo opositor al presidente, no está en la mejor posición de brindar protección a nadie. Y un partido en ruinas, sin un contendiente con posibilidades reales de llegar a la Presidencia, tampoco le garantiza al gobernador saliente techo o cobijo para su retiro, ni ninguna clase de crecimiento en la esfera nacional para que el futuro ex mandatario pueda continuar con su carrera.

¿No sería al menos tentadora la posibilidad de quedar bien con el mero mero gran tlatoani de esta nación y tener un pie adentro de la que es hoy por hoy la mayor fuerza política del País?

Y no es que a MORENA o al presidente se les cuezan las habas por conquistar Coahuila, que bien poco representa en el tablero político nacional. Pero tampoco es despreciable la idea de obtenerlo a cambio de nada, no como resultado de una cruenta batalla electoral, sino de la negociación con un solo hombre. Total, hay muchas embajadas mexicanas por todo el mundo.

Pienso yo que el señor Riquelme, al menos debe estárselo pensando, ¿no?