Un viaje a San Antonio

Por Rogelio Ríos

  • Volver a San Antonio después de tres años y palpar el pulso de esta ciudad texana que no sólo sobrevivió a la pandemia, sino que no detuvo su crecimiento, me dio mucho gusto.

Tuve oportunidad de viajar con la familia y amigos a San Antonio, Texas (SA), durante el fin de semana en que se celebró en Estados Unidos el Mother´s Day (Día de las Madres). Fui con la curiosidad de regresar a una ciudad muy querida, a la cual trato de visitar con frecuencia, después de una larga causa por la pandemia de Covid-19, a ver qué encontraría de nuevo.

Aquí van mis impresiones, a vuelo de pájaro:

1) De inmediato, me sigue sorprendiendo que la ciudad no detiene su crecimiento ni descuida lo que ya ha crecido. En tres años de mi ausencia, sus autoridades construyeron pasos a desnivel, conexiones y nuevos fraccionamientos urbanos a lo largo de la 410, la I-10 y la I-35. El tráfico intenso del “rush hour” se sigue acumulando, por supuesto, pero ni de lejos es el atolladero que padecemos en Monterrey, una ciudad tan grande como SA, pero que dejó de ampliar y desarrollar sus vialidades y red de transporte público desde hace años. Mientras los sanantonianos cuidan con esmero su ciudad, a los regiomontanos no nos escuchan las autoridades, no importa de qué color o partido político sean.

2) Desde que cruzamos la frontera por carretera en Laredo, Texas, en el Puente Lincoln-Juárez, percibí ese mismo contraste: las instalaciones del lado americano están completamente remodeladas, la atención a automovilistas y autobuses es ahora expedita, ágil, sin largas filas y, adentro de sus oficinas, con aire acondicionado. De hecho, la expedición del permiso de internación la pudimos hacer previamente por internet, pagarla y simplemente confirmar el trámite en la ventanilla con el agente. Ahora, el permiso no se entrega en un papel aparte, sino que se pone en un sello en el pasaporte vigente.

3) Durante el camino entre Laredo y San Antonio, pudimos ver que en diferentes puntos (Cotulla, por ejemplo) se agregaron conexiones a la I-35 para entrar y salir a esa población o para conectar con otros caminos. De nuevo, el contraste con las carreteras mexicanas es inevitable y no salimos bien librados.

4) ¡Qué variedad de gente hay en SA! Desde hace años, comentaba en mi familia cuando hacíamos viajes a Texas, que en la ciudad se observaban cambios, por ejemplo, empezó a aparecer aquí y allá el turbante y el velo, escuchaba el acento coreano (hay una comunidad coreana grande en Monterrey), y miraba pieles de muchos colores, así como lenguajes que no logro identificar todavía. Mis amigos texanos me dicen que eso se debe a la llegada constante de nuevas empresas a la ciudad (en el ramo de la aviación, por ejemplo, o la construcción de una planta, hace años, de Toyota Motors) y que los que llegan traen nieve les educativos altos y buen poder adquisitivo.

5) En SA me cuesta trabajo identificar de golpe, por ejemplo, las preferencias políticas de las personas con las que convivo o platico, pues la ciudad, como todo centro urbano importante en USA, es un espacio más abierto a la tolerancia y la diversidad política que las zonas rurales. Pensaba escuchar en los cafés discusiones o referencias, por decir un ejemplo, a su actual gobernador, Greg Abbott, un ultraconservador y populista que quiere cerrar por su cuenta la frontera con México y posible precandidato presidencial por el Partido Republicano en 2024, pero no escuché nada sobre él. Bien merecido tiene Abbott esa indiferencia por sus ideas y actitudes extremas, antiinmigrantes e intolerantes.

6) Por cierto, tuvimos una cena muy agradable en el CheeseCake Factory, el que está en el North Star Mall (el mall de las botas vaqueras gigantes como símbolo) con la familia de amigos muy queridos con quienes hicimos el viaje, y fue una convivencia muy agradable. La cena y la atención de la mesera Jennifer estuvieron de maravilla, los precios razonables y el lugar lleno a reventar. De la misma manera, veía en las avenidas muchos restaurantes con buena asistencia de comensales de día y noche, aunque algunos lugares conocidos de antes habían cerrado ya, saldos del cierre por el coronavirus. Comparado con Monterrey, hay una similitud en el hecho de que texanos y regiomontanos nos volcamos a la calle y a nuestros restaurantes favoritos en cuanto pudimos, pues nos hacía mucha falta la convivencia en público.

7) La tienda de Costco a la que habitualmente vamos (ubicada sobre la I-10 a un lado de la Universidad de Texas en San Antonio) estaba llena de clientes el sábado al mediodía, ¡prácticamente nos fuimos a refugiar por el calorón que hacía!, y en su pequeña estación de gasolina había una larga fila. Conseguimos todo lo que buscábamos y noté, una vez más, que en las tiendas de la misma cadena en Monterrey, el surtido de mercancías está por debajo, muy por debajo, de la variedad de artículos que vemos en Texas. Desconozco el motivo.

8) Finalmente, volver a San Antonio después de tres años, saludar a la madrina Doña Emma y sus benditos 95 años, a sus hijos (somos como familia con ellos) y palpar el pulso de esta ciudad texana que no sólo sobrevivió a la pandemia, sino que no detuvo su crecimiento, me dio mucho gusto. En Monterrey, apenas nos empezamos a reponer penosamente del golpe mortal y económico del coronavirus (de hecho, la pandemia todavía no concluye) y sigue siendo incierto el rumbo de la economía, aunque la Sultana del Norte ha pasado por épocas muy duras y ha sobrevivido. Si San Antonio, Texas nos pone el ejemplo a los regiomontanos, sigamos ese rumbo de trabajo, pragmatismo y sentido común de los texanos.

Nos veremos de nuevo pronto, San Antonio.